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Las escuelas racistas de Europa

Soy lo que muchos llaman un “gitano”; prefiero el término “romá”. En toda Europa hay más de 10 millones de nosotros. La vasta mayoría vive en condiciones propias del Tercer Mundo, pues se nos niega el acceso a una vivienda, una atención de salud y una educación adecuadas.

Nací en un pueblo de provincia en Bulgaria a fines de los años 60, cuando -al igual que el resto de Europa del Este- el país estaba bajo el régimen comunista. El Partido no reconocía minorías étnicas: en lo formal, todos éramos iguales. De hecho, éramos tan iguales que a muchos de nosotros el gobierno nos dio nombres nuevos y búlgaros. Un día, cuando era un adolescente llamado Husni, mi nombre pasó a ser Ivan.

Pero no éramos iguales. Los romá vivíamos en ghettos segregados. Éramos ciudadanos de segunda clase.

Uno de los recuerdos más nítidos de mis primeros años es mi padre diciéndonos a mí y a mi hermana menor que “La educación es la clave para el éxito”. Decía: “Si quieren ser aceptados como iguales por los Gadje [es decir, quienes no son romá], deben tener una mejor educación que la de ellos. No es fácil, pero si lo logran, eso cambiará no sólo sus vidas sino las de muchos de nuestro pueblo.”