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La última oportunidad de Europa

BRUSELAS – El único resultado claro de la reciente cumbre Unión Europea-China ha sido la magnitud de la pérdida de reputación de la UE. De ser el experimento político más admirado en todo el mundo y gozar de un respeto generalizado y de cierta capacidad de dirección en materia de asuntos normativos, como los relativos a las consecuencias mundiales del cambio climático y la lucha contra la pobreza en el Tercer Mundo, la posición de la Unión entre las potencias en ascenso del mundo ha quedado brutalmente degradada. Su nueva reputación es la de una zona de poco crecimiento y cuyos gobiernos miembros se han apartado de la cooperación en pro de una táctica de tan estrechas miras como la de buscar el beneficio propio aun empobreciendo al vecino, que está poniendo en peligro el euro.

Naturalmente, no sería acertado afirmar que Europa se ha vuelto de repente una zona políticamente atrasada, pero es cierto que los europeos necesitan examinarse muy detenidamente a sí mismos y pensar en cómo estarán dentro de cuarenta años, si continúan las tendencias actuales.

Lo que se necesita actualmente es una definición clara de los intereses de Europa... y de sus responsabilidades. Europa necesita tener la sensación de que tiene sentido en un siglo en el que tendrá en contra muchas desventajas, además de una declaración de las normas morales que guiarán sus acciones y –es de esperar– su dirección.

El primer paso hacia una narración que pueda substituir consignas anteriores, como “no más guerra” y “un mercado y una divisa únicos”, es el de determinar los intereses de Europa y, como vivimos en un mundo de cambio acelerado, resulta inútil pensar que nuestro objetivo debe ser el de adoptar una actitud de lucha en la retaguardia para defender lo que tenemos y lo que representamos.