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La casa dividida de Europa

Viajar de Berlín a Riga, capital de Letonia, es muy revelador, porque se ve gran parte de lo que está fallando en la integración europea en la actualidad, unos meses antes de que otros diez Estados ingresen en la Unión Europea, con lo que serán 25, frente a los seis del comienzo.

En Berlín, antes de que yo me marchara, el canciller Gerhard Schroeder acababa de dar la bienvenida a sus colegas francés y británico para celebrar un intercambio de opiniones sobre el estado y el futuro de la Unión. Según declararon los jefes de los tres mayores miembros de la UE, sólo estaban haciendo propuestas; nada podría estar más lejos de su voluntad que formar un grupo directivo para orientar los asuntos de la Unión ampliada, aun cuando en adelante fueran a reunirse de nuevo a intervalos más o menos fijos.

Si de verdad esperaban que se los creyera, deberían haber escuchado a mis interlocutores en la antigua ciudad de Riga durante los días siguientes.

Cuando los tres países bálticos -Letonia, Estonia y Lituania- ingresen en la Unión el 1 de mayo de 2004 figurarán entre los miembros más pequeños, pues sus seis millones de habitantes en total representan tan sólo el 1,5 por ciento de la población que entonces tendrá la UE, y, sin embargo, en marcado contraste con las naciones más pequeñas que medio siglo antes se habían unido a Francia, Italia y Alemania en el lanzamiento de la predecesora de la Unión, la Comunidad Económica Europea, los nuevos adherentes están dispuestos a plantar cara y exigen igualdad de derechos. Aunque, como países pequeños, han aprendido que los grandes suelen salirse con la suya, se sintieron profundamente ofendidos por esa reunión, porque vieron en ella un intento de limitar sus derechos en el club en el que están a punto de ingresar.