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La globalización como prueba para Europa

ATENAS – La crisis de la deuda soberana de la eurozona representa un reto significativo para Europa y la economía global, pero es también una oportunidad: superarla no solo contribuirá a una recuperación económica sostenida en todo el mundo, sino que probará nuestra capacidad de controlar los peligros de la globalización.

En las últimas décadas, la integración de los mercados, junto con un inmenso avance tecnológico en las telecomunicaciones y el transporte, ha llevado el crecimiento a regiones que por siglos habían quedado atrás con respecto al espectacular aumento de los estándares de vida en Europa, Norteamérica y Japón tras la Revolución Industrial. El uso más eficiente de los recursos globales permitió el crecimiento de la productividad, sacando a millones de la pobreza e integrándolos al mundo moderno.

El lado negativo es que el control de los estados sobre sus políticas económicas nacionales se ha visto muy reducido, al tiempo que los organismos de gobernanza económica internacional se enfrentan a una nueva dimensión de problemas. A medida que los mercados se integran y convergen los sistemas, se hace más difícil abordar los desequilibrios en la economía real o el sector financiero, debido a las limitaciones que plantea una cooperación multilateral basada en marcos institucionales creados pensando en las economías nacionales.

A lo largo de la década pasada se fueron creando grandes desequilibrios externos al interior de la eurozona. La competitividad de los países miembros ubicados en la periferia (Grecia, España, Portugal, Irlanda e Italia) se deterioró fuertemente frente a la de los países del núcleo. Los gobiernos de la periferia hicieron la vista gorda a las burbujas alimentadas por el crédito fácil y al endeudamiento público o privado, y no adoptaron medidas fiscales contracíclicas ni emprendieron reformas estructurales para mejorar la competitividad. A los grandes déficits externos les correspondieron superávits equivalentes en los países del núcleo, cuyos altos niveles de ahorros fluyeron a su vez a la periferia, generándose así un crédito excesivo y provocando colapsos fiscales.