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La sentencia que dicta Alepo

PARÍS – Debemos detener la masacre en Alepo. Sea cual sea el costo, debemos detener los bombardeos masivos, indiscriminados y al azar – así como también los peores entre todos: los bombardeos no aleatorios y dirigidos, principalmente, contra la población civil, los convoyes humanitarios y los hospitales. Debemos detener estos bombardeos que las fuerzas de Bashar al-Assad y de Rusia han reanudado con más ganas en y alrededor de lo que fue la ciudad más poblada de Siria.

Tenemos que exigir un alto al fuego en los próximos días (incluso en las próximas horas), un alto de la lluvia de acero, de las bombas de racimo y las bombas de fósforo, así como de los barriles de cloro que se dejan caer desde helicópteros del gobierno en los últimos lugares en Alepo que están bajo el control de los rebeldes moderados. El mundo, con las democracias en primera línea, no puede dejar de responder ante las imágenes terribles, transmitidas por los pocos testigos que aún siguen allí.

Esas imágenes son de cuerpos marchitos y vitrificados de niños; de heridos cuyos miembros, por falta de medicamentos, han sido amputados por médicos desesperados que pronto podrían ser ellos mismos masacrados; de mujeres abatidas por los disparos de cohetes, tal como ocurrió en Sarajevo hace 24 años, mientras esperaban en fila para comprar pan o yogur; de voluntarios derribados mientras excavaban entre los escombros en busca de sobrevivientes; de seres humanos drenados de fuerza que sobreviven en medio de la suciedad y los residuos, despidiéndose así de la vida.

Debemos sofocar las columnas de fuego y humo.