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Desigualdad, inmigración e hipocresía

CAMBRIDGE – La crisis de inmigración de Europa expone una falla fundamental, si no una inmensa hipocresía, en el debate actual sobre la desigualdad económica. ¿Acaso un verdadero apoyo progresista no igualaría las oportunidades para toda la gente del planeta, y no sólo para aquellos de nosotros lo suficientemente afortunados por haber nacido y habernos criado en países ricos?

Muchos líderes de pensamiento en economías avanzadas defienden una mentalidad de privilegio. Pero el privilegio termina en la frontera: aunque consideran que una mayor redistribución dentro de los países individuales es un imperativo absoluto, la gente que vive en mercados emergentes o en países en desarrollo se queda afuera.

Si las preocupaciones actuales sobre la desigualdad se midieran enteramente en términos políticos, este foco introspectivo sería entendible; después de todo, los ciudadanos de los países pobres no pueden votar en los países ricos. Pero la retórica del debate sobre la desigualdad en los países ricos revela una certeza moral que ignora convenientemente a los miles de millones de personas en otras partes que están en condiciones mucho peores.  

No debemos olvidar que incluso después de un período de estancamiento, la clase media en los países ricos sigue siendo una clase alta desde una perspectiva global. Sólo alrededor del 15% de la población mundial vive en economías desarrolladas. Sin embargo, los países avanzados siguen representando más del 40% del consumo global y el agotamiento de los recursos. Sí, mayores impuestos a la riqueza tienen sentido como una manera de aliviar la desigualdad dentro de un país. Pero eso no solucionará el problema de la pobreza profunda en el mundo en desarrollo.