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El establishment intolerante de Europa

ATENAS – El 25 de marzo, los líderes de Europa se reunieron en el lugar de nacimiento del "proyecto europeo" para celebrar el 60 aniversario del Tratado de Roma. ¿Pero qué era exactamente lo que había que celebrar?

¿Estaban festejando la desintegración de Europa, que ahora llaman una Europa de "múltiples velocidades" o de "geometría variable"? ¿O estaban allí para aplaudir su estrategia habitual ante cada crisis -una estrategia que ha avivado las llamadas del nacionalismo xenófobo en toda la Unión Europea?

Hasta los europeístas acérrimos admitieron que el encuentro de Roma se pareció más a un velorio que a una fiesta. Unos días después, la primera ministra británica, Theresa May, mandó su carta a la UE iniciando formalmente la salida, lenta pero irreversible, del Reino Unido.

El establishment liberal en Londres y en todo el continente está horrorizado ante la manera en que el populismo está desintegrando a Europa. Al igual que los Borbones, no han aprendido nada y no han olvidado nada. Ni una sola vez hicieron una pausa para una autorreflexión crítica y ahora fingen sorpresa ante la brecha de legitimidad y la pasión anti-establishment que amenaza el status quo y, consecuentemente, su autoridad. 

En 2015, muchas veces les advertí a los acreedores de Grecia -la crème de la crème del establishment liberal internacional (el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo, las autoridades alemanas y francesas y demás)- que estrangular a nuestro gobierno en su cuna no los favorecía. Si acallaban nuestro cuestionamiento democrático, europeísta y progresista de una servidumbre por deudas permanente, les dije, el agravamiento de la crisis produciría una ola xenófoba, intolerante y antieuropea no sólo en Grecia sino en todo el continente.

Cual gigantes temerarios, no prestaron atención a los presagios. La breve rebelión de Grecia contra una depresión permanente fue reprimida despiadadamente en el verano de 2015. Fue un golpe muy moderno: las instituciones de la UE utilizaron bancos, no tanques. A diferencia de los golpes que derrocaron a la democracia de Grecia en 1967 o la Primavera Árabe de Checoslovaquia un año después, los usurpadores llevaban puestos trajes y bebían agua mineral.

La versión oficial de estos acontecimientos fue que la UE se vio obligada a intervenir para obligar a una población díscola a retomar el sendero de la rectitud fiscal y la reforma estructural. En verdad, la principal preocupación de quienes encabezaban el golpe era no tener que admitir lo que venían haciendo desde 2010: extender una quiebra generalizada al futuro obligando a Grecia a aceptar nuevos préstamos financiados por los contribuyentes europeos, condicionados a una austeridad aún mayor que no podía más que seguir achicando el ingreso nacional griego.  

Sin embargo, la única manera de seguir haciendo esto en 2015 y después era hundir a Grecia aún más en la insolvencia. Y eso exigía aplastar nuestra Primavera Griega.

Curiosamente, el documento de rendición que le impusieron al primer ministro de Grecia, y que fue aprobado por el Parlamento, estaba redactado como si hubiera sido escrito a pedido de las autoridades griegas. Como los líderes de Checoslovaquia en 1968, obligados por el Kremlin a firmar una carta invitando al Pacto de Varsovia a invadir su país, a la víctima se le estaba pidiendo que fingiera haber solicitado el castigo. La UE no hacía más que responder amablemente a ese pedido. Grecia experimentó colectivamente el trato que los pobres de Gran Bretaña reciben cuando reclaman beneficios en los Centros de Trabajo, donde deben asumir responsabilidad por su humillación afirmando frases condescendientes tales como: "Mis únicas limitaciones son las que yo mismo me impongo". 

Este giro punitivo de parte del establishment europeo estuvo acompañado por la pérdida de todo autocontrol. Como ministro de Finanzas de Grecia, a comienzos de 2015, supe que los salarios del presidente, CEO y miembros del directorio de una institución pública (el Fondo de Estabilidad Financiera del Estado Helénico, HSFS) eran estratosféricos. Para economizar, pero también para hacer justicia, anuncié un recorte salarial de aproximadamente el 40%, que reflejaba la reducción promedio de los salarios en toda Grecia desde el inicio de la crisis en 2010.

La UE, por lo general tan ansiosa por reducir el gasto de mi Ministerio en materia de salarios y pensiones, no recibió mi decisión con muy buenos ojos que digamos. La Comisión Europea exigió que diera marcha atrás: después de todo, esos salarios iban a parar a manos de funcionarios elegidos por burócratas de la UE -gente que consideraban propia-. Después de que la UE forzara la rendición de nuestro gobierno, y tras mi renuncia, esos salarios se aumentaron hasta el 71% -el sueldo anual del CEO subió a 220.000 euros (235.000 dólares). En el mismo mes, los pensionados que recibían 300 euros por mes verían una reducción de sus beneficios mensuales de hasta 100 euros.

Había un tiempo en el que la característica definitoria del proyecto liberal era, según las conmovedoras palabras de John F. Kennedy, la voluntad de "pagar cualquier precio, sobrellevar cualquier carga, sufrir cualquier penalidad, acudir en apoyo de cualquier amigo y oponernos a cualquier enemigo, para garantizar la supervivencia y el triunfo de la libertad". Hasta los neoliberales, como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, lucharon por ganarse los corazones y las mentes, para convencer a la clase trabajadora de que los recortes impositivos y la desregulación los favorecía.

Desafortunadamente, luego de la crisis económica de Europa, algo diferente al liberalismo, o inclusive al neoliberalismo, se ha adueñado de nuestro establishment, aparentemente sin que nadie lo percibiera. Europa ahora tiene un establishment sumamente intolerante que ni siguiera intenta ganarse a la población.

Grecia fue apenas el comienzo. La represión de la Primavera Griega en 2015 llevó al partido de izquierda Podemos a perder su impulso en España; sin duda, muchos de sus potenciales votantes temían un destino similar al nuestro. Y, después de ver el menosprecio cruel de la UE por la democracia en Grecia, España y otras partes, muchos de los seguidores del Partido Laborista británico votaron por el Brexit, lo que a su vez impulsó a Donald Trump, cuyo triunfo en Estados Unidos infló las velas de los nacionalistas xenófobos en toda Europa y el mundo.

Ahora que el llamado establishment liberal está sintiendo el contragolpe nacionalista y fanático que generó su propia intolerancia, responde un poco como el parricida proverbial que apela a la corte por indulgencia con el argumento de que ahora es huérfano. Es hora de decirles a las elites de Europa que ellas son las únicas culpables. Y es hora de que los progresistas unan fuerzas y recuperen la democracia europea de un establishment que ha perdido su rumbo y ha puesto en peligro la unidad europea.