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Amordazados en nombre de la libertad

NUEVA YORK – Los actos terroristas pueden infligir daños terribles, pero no pueden destruir una sociedad abierta. Sólo quienes gobiernan nuestras democracias pueden hacerlo, al limitar nuestras libertades en nombre de la libertad.

Shinzo Abe, el Primer Ministro nacionalista de derecha del Japón, no necesita demasiado aliento para endurecer las leyes sobre secretos, conceder más poderes a la policía o volver más fácil la utilización de la fuerza militar. Las espeluznantes ejecuciones de dos ciudadanos japoneses atrapados por terroristas del Estado Islámico en Siria han brindado precisamente el aliento que Abe necesita para aplicar semejantes medidas.

Pero el Japón nunca ha sido un bastión de la libertad de expresión ni tampoco se esfuerza demasiado en demostrar que lo sea. Francia, sí. En eso consistió sin lugar a dudas la manifestación de solidaridad ante los ataques terroristas del mes pasado en París. De todos los países, Francia es el que más evitaría la trampa en que han caído otras grandes repúblicas occidentales que afirman ser un foro de libertad en el mundo.

El miedo a la violencia terrorista después de los ataques del 11-S hizo más daño a la libertad de los Estados Unidos que el asesinato suicida de miles de ciudadanos. Por miedo, los americanos permiten que su Gobierno los espíe indiscriminadamente y que los sospechosos de terrorismo sean torturados y encerrados indefinidamente sin juicio.