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Europa contra las cuerdas

MADRID – El 8 de noviembre, mientras se gestaba la victoria de Donald Trump, en simbólico contrapunto tenía lugar en Bruselas una conferencia conmemorativa del 80º aniversario del nacimiento de Václav Havel, primer presidente de la Checoslovaquia postcomunista y posteriormente de la República Checa. Su legado, ahora que el mundo se adentra en la era Trump, no podría revestir de mayor importancia, sobre todo para Europa.

Resulta complicado imaginar dos personalidades tan dispares como la de Havel y Trump. El primero, artista e intelectual que luchó toda su vida por la verdad y trabajó sin descanso para sacar lo mejor de sociedades e individuos. El segundo, ególatra charlatán que ha alcanzado el poder a través de la manipulación de las emociones más primarias de las personas.

 1972 Hoover Dam

Trump and the End of the West?

As the US president-elect fills his administration, the direction of American policy is coming into focus. Project Syndicate contributors interpret what’s on the horizon.

Los valores de Havel tienen mucho en común con los que, tras la Segunda Guerra mundial, guiaron la creación del orden liberal mundial, catalizador de niveles de paz y prosperidad sin precedentes. Sin embargo, la elección de Trump apunta a que Estados Unidos dejará de ejercer de valedor de esos principios, y desde luego abandonará su papel de líder en el mantenimiento del orden internacional.

Surge un vacío estratégico de liderazgo en el orden mundial liberal y con ello la oportunidad —y la necesidad— de que un nuevo actor lo ocupe. Podría -debería- ser el momento de Europa, en el pasado inspiración y actor destacado: en ningún otro lugar como en su suelo han arraigado tan hondo los ideales y principios de este orden. Pero, en estos momentos, la UE carece de la firmeza y la visión que la crítica situación requiere.

Sin embargo, procede recordar los hitos, siquiera los más recientes, del compromiso europeo: la Unión Europea ha sido actor preponderante del Acuerdo sobre el Clima alcanzado en París en junio pasado, tras haber mantenido en soledad internacional durante años la bandera del cambio climático; desempeñó un papel fundamental de inspiración, aliento y acompañamiento en la negociación y el acuerdo nuclear con Irán; y a muchos sorprendió la respuesta unitaria de los Estados miembro a la anexión ilegal de Crimea por Rusia. Pero la UE ha dejado también al descubierto sus carencias para liderar. Los ejemplos también abundan: la precedente conferencia del clima de Copenhague de 2009; la intervención en Libia; o la debacle actual de la crisis migratoria.

En definitiva, Europa juega bien en equipo transatlántico, pero no es el mejor capitán, y no por falta de intenciones. Ejemplo de ello fue la malograda Estrategia de Seguridad de la UE de 2003, que trató de situar a la UE en foco de poder global. Lleva razón Federica Mogherini cuando asevera, a la luz de la victoria de Trump, que la UE debe erigirse en “poder indispensable”.

Este planteamiento rezuma convicción pero, como tan a menudo ocurre en Europa, realidad y retórica operan en planos muy distantes. La pobre acogida que ha tenido la convocatoria de una reunión de urgencia de ministros de exteriores a continuación de las elecciones en EE.UU, nos recuerda con cierta dureza cuánto camino le queda por recorrer a Europa para ocupar la vacante que crearía la renuncia de Trump a asumir las responsabilidades de su país en el mantenimiento y salvaguardia del orden global.

Pero la UE carece de la perspectiva y la entereza necesarias para esta empresa. Erigirse en polo de influencia requiere magnetismo. A principios de los 2000, en pleno apogeo del proceso de ampliación de la UE, el continente tenía claramente poder de atracción. Las protestas de Euromaidán en 2013 clausuraron esta corriente, cuando jóvenes ucranianos arriesgaron la vida e incluso murieron en nombre del europeísmo de su país. Ahora que tanto UE como Estados miembros se encuentran en un estado de introspección autoflagelante, el poder de reclamo sencillamente ha desaparecido.

En pleno brexit y huérfana de equipo trasatlántico al que contribuir, la UE corre el peligro de desmoronarse. Y no es descartable que termine operando como plataforma de su inherente poder hegemónico: Alemania. Menudean los elementos que apuntan a ese escenario: así, afirmar que en Bruselas, hoy, no se avanza sin el visto bueno de Berlín no pasa de perogrullada, mientras las instituciones se contorsionan para acomodar la decisión unilateral de bienvenida a los refugiados de la canciller Merkel y el posterior acuerdo migratorio de la UE con Turquía, que Alemania encabezó.

El dominio de un único Estado sería problemático –por no decir trágico– para un proyecto de carácter supranacional como el nuestro, cincelado por el espíritu de la acción colectiva encaminada hacia el bien común, que Havel capitaneó. Presentes las muestras de solidaridad de una supremacía benigna, la idea de un Estado que se alce en cierre de nuestra construcción común colisiona con la base misma de la UE.

En la práctica y en un mundo crecientemente hobbesiano, la evidencia de poder en su sentido convencional resulta necesaria; y el difícil encaje del poder duro en la cultura alemana actual lastraría cualquier proyección internacional, tanto de este país, como del continente.

Los Estados miembro, así como la Unión, pueden –no hay duda– contribuir en este ámbito; y el esfuerzo sostenido para coordinar y dibujar las líneas de la defensa europea podría reforzarse. El acuerdo de las últimas semanas para avanzar en la cooperación en esta materia, adoptado por los Ministros de Exteriores y de Defensa de la UE, parece apuntar en esta dirección. Dejar este proceso al amparo de un liderazgo de facto de Alemania no es lo idóneo pero, dadas las circunstancias, podría ser la mejor alternativa. 

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En estos momentos, pensar en una solución óptima para Europa no es realista. Tal como señaló Havel, aferrarse al optimismo –la creencia de que las cosas saldrán bien– carece de sentido. Por el contrario, debemos abrazar la esperanza, la creencia de que las cosas acabarán teniendo sentido. Para ello, el camino pasa por ser sinceros con nosotros mismos y estudiar con sobriedad qué podemos y debemos hacer asegurando el cumplimiento de lo acordado.

Europa tiene el potencial para desempeñar un papel de liderazgo en el mundo, pero le falta la dedicación y confianza en sí misma necesarias. Es tiempo de reconocerlo, y enfrentarse al verdadero reto que atenaza al orden liberal mundial. Sólo entonces podremos vislumbrar de manera realista cómo preservar nuestros ideales e intereses frente a los desafíos del mundo. Éste, creo, habría sido el mensaje de Havel, hoy.