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El debate sobre debatir el Islam

PARÍS – El argumento comenzó cuando el novelista y periodista argelino Kamel Daoud escribió un artículo para el periódico italiano La Repubblica sobre una ola de ataques sexuales en Colonia, Alemania, en la víspera de Año Nuevo de 2015. Según se informó de manera profusa, los ataques fueron perpetrados por grupos de inmigrantes del norte de África y Oriente Medio. Daoud ofreció una explicación del hecho diciendo que muchos musulmanes de la región sufren una privación sexual extrema que, según escribió, genera una “relación insalubre con las mujeres, su cuerpo y el deseo”.

Daoud parece no haber imaginado la reacción que recibió su artículo, especialmente en Francia, donde fue reproducido por Le Monde. Después de hacer frente a críticas que lo acusaban de islamofobia, Daoud anunció que abandonaría su trabajo periodístico y que se dedicaría a escribir novelas. Pero aislar al Islam de toda crítica no sólo acalla a autores como Daoud; pone fin de manera irresponsable a una discusión muy necesaria.

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Es indudable que la decisión de Daoud de escribir el artículo requirió de una valentía extraordinaria. En 2014, poco después de la publicación de su primera novela, La investigación Meursault, que recuenta El extranjero de Albert Camus desde la perspectiva del hermano del árabe asesinado, un imán salafista declaró una fatwa exigiendo la muerte de Daoud por apostasía y herejía. Pero eso no le impidió abordar un tema polémico.

En el mundo musulmán, escribió Daoud, "a las mujeres se las niega, se las rechaza, se las mata, se las cubre con un velo, se las encierra o se las posee", a sus cuerpos les es negado el derecho al placer. En la prédica de los islamistas a la búsqueda de reclutas, observa, hay "descripciones de un paraíso más parecido a un burdel que a una recompensa para individuos devotos, fantasías de vírgenes para los atacantes suicidas, una policía de la moralidad que persigue a las mujeres que muestran demasiada piel, menciones al puritanismo de la dictadura, velos y burqas".

Según la visión islamista, la liberación de las mujeres occidentales no es una expresión de libertad sino una señal de la decadencia moral de Occidente. Daoud concluye: "El Islam es una furia contra el deseo. Y ese deseo está destinado a estallar de tanto en tanto en territorio occidental, donde la libertad está tan desnuda".

La respuesta fue rápida y feroz. El 12 de febrero, un "colectivo" de antropólogos, sociólogos e historiadores publicaron un ataque virulento en Le Monde. Bajo el título "Las fantasías de Kamel Daoud", lo acusaban de "reciclar muchos clichés orientalistas desgastados" y de "alimentar las fantasías islamofóbicas de un segmento creciente de la población europea".

Sin duda, es entendible que los académicos cuestionen el abordaje de Daoud; su argumento se basó en una veta de "esencialismo" en la que las acciones individuales se reducen a fuerzas culturales y religiosas, sin tener en cuenta en absoluto las condiciones sociales, políticas y económicas que podrían estar en juego. Y los críticos estaban en lo cierto al señalar que Daoud omitió mencionar los muchos actos de violencia sin ninguna conexión con el Islam que se llevaron a cabo contra mujeres en Europa, Asia y Norteamérica.

Sin embargo, los críticos de Daoud sobrepasaron los límites de la discusión legítima de ideas al acusarlo de "trivializar" la crítica racista y disfrazarla de "pensamiento humanista". En verdad, cuestionaron su derecho a aspirar a un cambio tan necesario en la manera en que el mundo musulmán trata a las mujeres y a un reexamen de sus tabúes sexuales. "Sigo encontrando bastante poco ético", respondió Daoud, "que me empujaran al rol del chivo expiatorio que es llevado al altar del odio local, condenado por islamofobia por la Inquisición de hoy".

El episodio creó tanta conmoción en Francia que varios autores -así como muchos blogueros franco-argelinos- salieron en defensa de Daoud, criticando los ataques en su contra por parte de salafistas y académicos decididos a amedrentarlo hasta el silencio. Inclusive el primer ministro francés, Manuel Valls, entró en escena y elogió "la reflexión original" de Daoud, denunciando a la vez a sus críticos. En referencia al lema nacional de Francia, Valls defendió la "libertad, es decir, libertad para escribir y pensar, igualdad entre hombres y mujeres, y fraternidad y secularismo, de los cuales se desprende nuestra unidad social". Según sus propias palabras, "Dejar que este escritor se valga por sí mismo sería como renunciar a lo que somos".

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Tristemente, los esfuerzos de Daoud son apenas un ejemplo de cómo la indagación intelectual legítima se degenera hasta convertirse en una disputa política sobre si es aceptable o no criticar al Islam. Esto tiene implicancias peligrosas para el libre pensamiento, así como para el futuro del propio Islam.

Hoy es frecuente que los analistas políticos distorsionen sus argumentos para evitar ser acusados de islamofóbicos. Como consecuencia de ello, en lugar de examinar el papel sistémico que desempeña el Islam en la radicalización, por ejemplo, describen a los radicales como si, de alguna manera, hubieran caído caprichosamente en el Islam. Aunque más no sea por el bien del libre pensamiento, es hora de dejar de catalogar de racista a cualquiera que se atreva a discutir la religión de manera crítica. Hasta que no lo hagamos, un debate honesto sobre el Islam en Europa será imposible.