palacio123_HAUKE-CHRISTIAN DITTRICHPOOLAFP via Getty Images_germansoldiers Hauke-Christian Dittrich/Pool/AFP via Getty Images

Autonomía estratégica europea después de Afganistán

MADRID – Sin duda, la retirada estadounidense de Afganistán merece crítica. Crítica severa. En términos de imágenes – que valen más que 1.000 palabras – los afganos desesperados apiñándose en el aeropuerto de Kabul permanecerán en nuestra memoria, además del atentado mortal contra la multitud allí reunida. Este final de una presencia militar – una guerra en términos clásicos – impopular, con sus terribles consecuencias humanitarias, ha sido el resultado de una suma de errores de cálculo político por parte de sucesivos gobiernos estadounidenses.

En Europa, la descomposición y caída inmediata del gobierno afgano que el Occidente apoyaba ha precipitado una avalancha de reproches y acusaciones. Sin perjuicio de ello, el regreso de los talibanes al poder ha actuado de desencadenante de una creciente inseguridad en el propio seno de OTAN respecto a su futuro y la relación transatlántica más en general. Sin embargo, la traducción en acciones de este estado de ánimo es, a día de hoy, incierta.

Para la Unión Europea, el examen de conciencia geopolítico es una enfermedad crónica. Habitualmente los brotes concluyen en declaraciones audaces y visiones esperanzadas de autonomía estratégica, una aspiración que recorre Europa desde los años noventa – si no antes – pero que estos últimos años ha cuajado en un discurso de urgente intensidad y relevancia.

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