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Escape de Moscú

La caída del comunismo les dio a los países del ex bloque soviético la posibilidad de virar hacia la democracia, una economía de mercado y el estado de derecho. Algunos países cortaron lazos definitivamente con el pasado comunista; otros fueron menos exitosos; unos pocos fracasaron de manera catastrófica.

Moldavia y Georgia estuvieron en esta última categoría hasta hace poco. Sus fracasos económicos y políticos se debieron, en gran medida, a movimientos secesionistas –activamente respaldados por Rusia- que apuntaban a mantener a ambos países en la “esfera de influencia” del Kremlin. Cuando estallaron los conflictos sangrientos en Transnistria, Abjazia y Ossetia del Sur, Rusia transformó su presencia militar en “fuerzas de paz” como una manera de seguir ejerciendo el control.

Durante mucho tiempo se temió que estos llamados “conflictos congelados” de repente pudieran volverse calientes. No sólo esto no sucedió, sino que ahora se puede hablar de soluciones, ya que tanto Georgia como Moldavia empezaron a avanzar hacia una economía de mercado y hacia la democracia. La “política de vecindario” de la Unión Europea también ayudó.

El punto de partida de estos desarrollos fue la “Revolución Rosa” de Georgia hace tres años. De estar peligrosamente a punto de convertirse en un Estado fracasado, Georgia giró hacia Occidente. El éxito de las varias “revoluciones de color” en países del ex bloque soviético también propició el cambio en Moldavia, donde el presidente Vladimir Voronin lanzó reformas destinadas a acercarse a la UE. Estos cambios generaron nuevas iniciativas en Georgia y en Moldavia para restaurar, pacíficamente, su integridad territorial.