El ennoblecimiento de la democracia

Desde que apareció en la antigua Atenas, la democracia siempre ha generado sospechas entre quienes creen que el fin último de la humanidad es la virtud y no la libertad. En el libro octavo de La República, Platón define de forma más bien brusca a los líderes políticos de una democracia como “aquellos que quitan su hacienda a los ricos y reparten algo al pueblo, aunque quedándose ellos con la mayor parte”. Por supuesto, el desdén de Platón por la democracia nunca está muy por debajo de la superficie de su prosa, pero hace un razonamiento válido: después de todo, ¿cómo se puede asegurar que haya normas éticas estrictas cuando las elecciones democráticas tienden a premiar los intereses propios y el menor común denominador?

Los ciudadanos de las sociedades libres de hoy son (casi siempre) demócratas por convicción, costumbre y hábito. Sólo una pequeña minoría tiene tendencias populistas que, de llegar al poder, podrían llevar a una sociedad de la democracia a la dictadura. Sin embargo, los ciudadanos democráticos de hoy en general no tienen confianza en la esfera pública y recelan de sus propias élites económicas y políticas. En efecto, entre los electores más jóvenes, este impulso es muy fuerte y su participación en las elecciones está cayendo abruptamente.

En Europa, esta apatía se considera como una reacción ante la desaceleración de lo que alguna vez parecía un boom económico de posguerra interminable. Pero en realidad eso sólo es parte de la explicación. Por supuesto, si pudiéramos garantizar un crecimiento económico rápido y universal, las demás debilidades de la democracia tal vez se olvidarían. Pero no podemos, y lo que se ofrece en cambio es una visión hueca del bien común que consiste simplemente en rondas sucesivas de recortes en el gasto público. Por lo tanto, no es sorprendente que los ciudadanos democráticos de hoy se fijen cada vez más en las laxas normas éticas de sus élites nacionales.

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