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Ending the Nation-State Myth

NUEVA YORK – Este otoño, a miles de estudiantes universitarios se les enseñará un mito como si fuera una realidad. Es un mito que ha contribuido a avivar guerras y puede impedir la búsqueda de soluciones para los mayores problemas del mundo. Aunque el origen de ese mito no está claro, la ciencia ha demostrado su falsedad y un planeta mundializado lo ha vuelto anacrónico. Me refiero al Estado-nación.

El mito del Estado-nación combina dos ideas: una concreta, el Estado, y otra difusa, la nación. La utilidad del Estado es clara. Es un principio organizativo necesario que permite a los pueblos aunar sus recursos en pro del bien común y movilizarse contra amenazas comunes, ya sean inundaciones o ejércitos invasores. Además, el Estado es el árbitro final de la ley. El poder del Estado está aumentando incluso, en parte como reacción a la mundialización y como consecuencia de la riqueza en aumento procedente de los mercados energéticos.

Pero el Estado-nación como base para el arte de gobernar obscurece la naturaleza de las mayores amenazas para la Humanidad. La contaminación, el terrorismo, las pandemias y el cambio climático son fenómenos mundiales. No respetan la soberanía nacional, por lo que requieren la cooperación mundial.

El origen de la idea de Estado-nación no está claro. Una mayoría cree que ofreció una vía para consolidar y legitimar el gobierno estatal sobre un grupo de población, ya se caracterizara por una lengua común o por su carácter étnico. El problema es que los contornos de una comunidad cultural raras veces coinciden con una entidad política, como tampoco el ideal de unidad nacional explica la diversidad y los conflictos internos.