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El fin de la ocupación internacional

Es obvio que las ocupaciones político-militares y la supervisión internacional de un país nunca le resultan agradables a los pueblos que las sufren. Por un tiempo sonríen y las soportan, reconociendo a veces que la pérdida de soberanía es necesaria. Pero su tolerancia inevitablemente se desgasta, y rápido.

Hace poco, en Bucarest, yo discutía el papel de supervisión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) en mi país, Albania, con un experto de ese organismo. Le sorprendió saber que el número de empleados de la OSCE en Albania es igual al de todo el personal que labora en la oficina central de la organización en Viena.

La magnitud de las operaciones de la OSCE en Albania no es lo que me molesta. Lo preocupante es que su misión parece ser permanente. En efecto, ¿quién habrá de decidir cuándo termina la misión de la OSCE en Albania?

La cuestión es, por supuesto, más amplia que el papel de la OSCE en Albania. Con administradores de la ONU que todavía intervienen en Kosovo y Bosnia, años después del fin de sus salvajes guerras, y con la posibilidad de que una misión de la ONU tome el lugar de los EU en la administración de Iraq, ¿cuándo debe terminar una administración internacional para regresarle la supervisión de un país a sus ciudadanos?