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¿Comenzó el final de Evo?

El gobierno del Presidente Evo Morales parece encaminar su experiencia populista al fracaso. Frente a crecientes reclamos de los sectores más afectados por la inflación, promete cambios y demora decisiones pero, en esencia, no modifica sus políticas

A veces prevalece el sentido común en la gestión económica, pero por muy poco tiempo. Al finalizar el 2010 el gobierno boliviano decidió eliminar los subsidios a los carburantes. Buscaba reducir la sangría que representa importarlos a precios internacionales para venderlos a precios inmóviles desde hace diez años. Pero revirtió su decisión en menos de una semana porque la protesta social puso en las calles a las mismas organizaciones que lo encumbraron. Entonces prometió que va a “gobernar obedeciendo“.

Las encuestas de opinión registran una brusca caída en la popularidad de Evo Morales y las protestas sociales no cesan. A una prolongada huelga en el transporte público le siguió otra huelga, igualmente larga, de la Central Obrera y los empleados estatales. Los transportistas pedían un aumento en las tarifas, congeladas desde hace varios años, y los trabajadores, un aumento de salarios para compensar la inflación. Esta es más alta que el promedio de América Latina, mientras que el crecimiento económico es menor. El gobierno difirió la protesta haciendo concesiones y promesas de corto plazo.

La falta de resultados efectivos de la administración estatal de las empresas está disminuyendo el respaldo popular a las nacionalizaciones que llevaron a Morales al poder. En medio de negociaciones con los sindicatos agrupados en la Central Obrera, Evo Morales trató de apaciguarlos con la oferta de estatizar tres minas importantes. Los trabajadores rechazaron su propuesta porque prefieren trabajar en el sector privado.