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Proveer de herramientas a las mujeres de África

JOHANESBURGO – África vuelve a aparecer de manera preponderante en la agenda global y, esta vez, por buenas razones. A medida que se acerca el puntapié inicial de la Copa Mundial de Sudáfrica, la gente no sólo ve a Sudáfrica sino a todo nuestro continente como socios en igualdad de condiciones en esta celebración global extraordinaria.

De esta manera, cuando la mirada del mundo se deposite en África, deberíamos aprovechar la oportunidad de mostrar el papel clave que, cada vez en mayor grado, ejercen las mujeres de África en el éxito del continente.

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La elección de Ellen Johnson-Sirleaf como presidenta de Liberia, la primera mujer elegida para gobernar un país africano, fue simbólica del progreso de las mujeres en todo el continente. Estamos orgullosos también de que las mujeres representen más del 50% de los escaños del parlamento en Ruanda –la proporción más alta en todo el mundo-. Sudáfrica y Lesoto son apenas dos países africanos más que se ubican cerca de la cima en la liga de igualdad de género.

También son las mujeres las que ayudan a aliviar las tensiones y a curar las terribles heridas producto del conflicto y la violencia en África. Las mujeres van a la delantera en materia de resolución de conflictos, reconciliación y redacción del marco legal y constitucional para asegurar la paz e impedir los abusos.

En los medios, la sociedad civil y en las comunidades de todo el continente africano, las mujeres están asumiendo responsabilidades trascendentes. Hay muchísimo más por hacer, pero las mujeres están ganando la lucha para que sus voces se oigan y para ayudar a diseñar soluciones y trazar prioridades.

La brecha de género en la escolaridad sigue siendo una preocupación. África todavía está rezagada con respecto a muchas partes del mundo en cuanto a educar a sus niñas desde la escuela primaria hasta la universidad. Pero hoy hay muchas más niñas que asisten a la escuela y la terminan que hace una década.

La educación es el pilar para el progreso y las mujeres educadas sacarán adelante a África, de manera que el foco ahora debe centrarse en aquellos países que no logran achicar la brecha. Los gobiernos necesitan implementar las estrategias correctas y encontrar la voluntad política y los recursos para tener éxito. Uno de los principales problemas que destaca el recientemente publicado Informe de Progreso en África, preparado por el Panel del Progreso de África, es la brecha entre los planes y los cambios implementados en la práctica.

Otra área donde hemos visto escasos progresos es en el aprovechamiento de los talentos y el potencial de las mujeres en la economía formal. El aporte económico de las mujeres obviamente está subvaluado en muchos lugares del mundo. No importa dónde vivan, las mujeres enfrentan mayores obstáculos y frustraciones que sus pares masculinos.

Pero esto es particularmente real en África –un continente donde el papel crucial que desempeñan las mujeres en la economía no puede ser ignorado ni siquiera por el visitante más casual-. Miremos lo que sucede en nuestros campos. Son mujeres las que ustedes verán plantando y cosechando los cultivos. Miremos lo que sucede en nuestros mercados. Son mujeres las que ustedes verán comprando y vendiendo la mercadería en oferta. Son mujeres, también, las que instalan pequeñas empresas que crean empleos y reparten prosperidad.

Las mujeres son verdaderamente los motores de las economías africanas. Sin embargo, a cada instante, su aporte es minimizado y sus ambiciones, obstruidas. Las mujeres se encuentran aisladas de la capacitación y el apoyo. Y pueden enfrentar discriminación de las autoridades y los proveedores.

Pero el mayor daño radica en el trato que reciben las mujeres, deliberada y accidentalmente, de parte del sector financiero. Las mujeres reciben, por ejemplo, sólo el 10% del crédito otorgado a los pequeños agricultores y menos del 1% de los préstamos totales a la agricultura. Sin embargo, son responsables de sembrar el 80% de los alimentos en nuestro continente. Las reglas de herencia que dictan que la tierra –y sus productos- pueden ser transferidos sólo a través de los hombres de la familia han puesto a las mujeres en una terrible desventaja.

El potencial de África no sólo para alimentar a su propio pueblo sino para exportar alimentos a todo el mundo es cada vez más reconocida, y con justa razón. Pero esta ambición sólo se concretará a través de políticas que reconozcan el papel central de las mujeres en la agricultura y les permitan impulsar una revolución verde en el continente.

La falta de activos de las mujeres, junto con normas sociales obsoletas, también constituyen una barrera importante que bloquea su acceso al capital que necesitan para montar y expandir pequeñas empresas. Los nuevos emprendimientos dirigidos por mujeres muy probablemente se conviertan en empresas establecidas. Aún así, ellas cuentan con menos del 10% del capital disponible para invertir en nuevas empresas.

La discriminación continúa, a pesar de la abrumadora evidencia que demuestra que es mucho más probable que las mujeres inviertan los préstamos comerciales de manera inteligente y que cumplan con los planes de pago. Muchas veces hasta parece que los programas de microcréditos les prestan menos a las mujeres que a los hombres en las mismas circunstancias.

Tampoco estos problemas están limitados a las pequeñas empresas. La Cumbre Económica de Mujeres de África, a la que asistí recientemente en Nairobi, se vio electrizada por la historia de una mujer que había montado su propia empresa constructora en Camerún. Sus necesidades de capital rondan los cientos de miles de dólares. Sin embargo, al lidiar con las instituciones financieras, se enfrentó a los mismos obstáculos y actitudes anacrónicas con las que están familiarizadas las pequeñas empresarias en todo el continente.

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Las instituciones financieras deben eliminar ese tipo de barreras para que haya un acceso justo y fácil al capital y a los servicios financieros. Para que África alcance las tasas de crecimiento necesarias para cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio planteados por las Naciones Unidas, se debe permitir que las mujeres ingresen plenamente en la economía formal y el sector financiero.

Esto exige innovación en los servicios y productos financieros que hay en oferta, lo que a su vez requiere que las mujeres –local, regional e internacionalmente- ayuden a formular las soluciones. Si los gobiernos y los actores clave pueden levantar las barreras que impiden que las mujeres ejerzan su rol pleno en nuestra economía y nuestras sociedades, el futuro es brillante –no sólo para las mujeres sino para todo el continente.