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Enfermedades infecciosas emergentes

La actual crisis de la biodiversidad no sólo se limita a la pérdida de hábitats y a la extinción de especies. También es una crisis de enfermedades infecciosas emergentes (EIE), tal como el VIH en los humanos, el ébola en humanos y gorilas, el virus del Nilo occidental y la influenza aviaria en humanos y aves, los hongos quítridos en anfibios y el moquillo en leones marinos. Hay razones para tomar esos acontecimientos muy en serio, porque las EIE parecen tener una larga historia evolutiva.

Ello se debe a que muchos patógenos pueden infectar a varios huéspedes, pero evolucionaron en lugares donde sólo algunos de esos huéspedes viven. Los patógenos también tienen medios especializados de transmisión de huéped a huésped. Si, por ejemplo, un patógeno es transmitido por un insecto que vive en las cimas de los árboles, los huéspedes susceptibles no resultarán infectados si nunca abandonan el suelo.

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Para los humanos, el VIH, el ébola, el virus del Nilo occidental y la influenza aviaria son nada más las últimas de una larga serie de EIE. Cuando nuestros ancestros dejaron las selvas africanas y llegaron a las sabanas hace más de un millón de años, rápidamente se conviertieron en predadores eficaces. Al compartir las presas con carnívoros preexistentes, adquirieron solitarias que inicialmente sólo vivían en las hienas, los grandes felinos y los perros de las praderas africanos.

Cuando los humanos comenzaron a salir de Africa, llevaron algunos de sus patógenos a áreas nuevas, donde éstos migraron a los huéspedes nativos mientras que los patógenos nativos se instalaron en los humanos que acababan de llegar. La agricultura y la urbanización nos expusieron con el tiempo a más patógenos. Si hubiera habido doctores en esas épocas, habrían llamado EIE a estos casos.

Las restricciones geográficas y la transmisión especializada significan que en la mayoría de los períodos, casi todos los patógenos viven en un número pequeño de especies huésped, a menudo sólo en una, pero conservan la capacidad de infectar a más. Sin embargo, el cambio climático lo altera todo. Las especies salen de sus zonas de origen y los ecosistemas cambian. Los patógenos entran en contacto con huéspedes susceptibles con los que nunca habían tropezado y que no tuvieron la oportunidad de crear resistencia. Como resultado, las EIE no sólo son posibles; son inevitables. En efecto, cada episodio de cambio climático las ha producido.

Prever un problema siempre es más eficaz en términos de tiempo y costo que responder a una crisis, por viable que sea la respuesta. Desafortunadamente solemos combatir las enfermedades existentes pero no vemos hacia el futuro.

Por ejemplo, los venados de cola blanca que viven en el noroeste de Costa Rica son huéspedes de seis especies de garrapatas. No se sabe que alguna de ellas transmita la borreliosis, que nunca se ha presentado en el país. Como resultado, no hay avisos de salud pública sobre la borreliosis. Pero algunas de las garrapatas están relacionadas de manera cercana con portadores conocidos y por lo tanto son portadores potenciales. Esta enfermedad debilitante --y difícil de diagnosticar-- podría por lo tanto ser introducida en Costa Rica de manera involuntaria por algo tan simple como un ecoturista asintomático.

La información sobre las garrapatas de los venados de Costa Rica proviene de un inventario de parásitos de los vertebrados en el norte de ese país, pero es el único inventario de su tipo que se ha emprendido. Hay que mejorar eso. Más del 50% de las especies del planeta son parasitarias de alguna manera e incluyen a los parásitos que afectan a los humanos, al ganado, a las cosechas y a la fauna silvestre. Pero en relación con nuestros conocimientos generales de la biodiversidad, hemos documentado menos del 10% de los patógenos del mundo. El 90% restante son EIE potenciales.

Por lo tanto, nos enfrentamos a una crisis potencial que surge de nuestra ignorancia fundamental acerca de la biósfera, ya que es imposible prevenir en el caso de especies de patógenos cuya existencia no se ha documentado. Esto hace que muchos patógenos sean "bombas evolutivas" que nos esperan a medida que nos desplazamos a hábitats nuevos, cambiamos especies de lugar y alteramos los ecosistemas existentes. Sin embargo, la mayoría de los recursos todavía se dedican a dar respuesta a las EIE conocidas en lugar de evaluar el riesgo de las EIE potenciales. En pocas palabras, tenemos que completar ya el inventario global de las especies.

Quinientos mil años de experiencia en la caza y la recolección aunados a los análisis moleculares más baratos y rápidos que llevan a cabo computadoras más baratas y rápidas hacen que esta tarea sea económicamente factible. La identificación rápida mediante el uso de "códigos de barras" genéticos puede aumentar el ritmo de descubrimiento de especies y de determinación de las dinámicas de transmisión de las EIE potenciales.

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Los patógenos tienen formas de transmisión altamente especializadas, y los grupos de especies relacionadas tienden a ser muy similares. Por ejemplo, todas las especies de malaria son transmitidas por mosquitos. Ya que estén clasificadas, podremos hacer predicciones sobre dos especies relacionadas sobre la base de información incompleta de cualquiera de ellas, lo que nos dará tiempo y nos ahorrará dinero. Por último, esa información se debe digitalizar y ponerse gratuitamente en Internet a disposición de todos los investigadores y las partes interesadas.

Si las EIE fueran raras, su manejo mediante la respuesta a las crisis podría ser rentable. Pero las EIE no son raras en absoluto. Más bien, son un resultado común de la dispersión geográfica asociada con los cambios ambientales a gran escala. Por ello debemos dejar de ser ignorantes y reactivos para estar informados y poder prevenir. Como dice un dicho deportivo: nunca hay que cambiar un juego ganado, pero siempre hay que cambiar un juego perdido.