okoli1_ALEX MCBRIDEAFP via Getty Images_africacoronavirusairport Alex McBride/AFP via Getty Images

Preparar a África para el COVID-19

NUEVA ORLEANS – Hace seis años, el virus ébola devastó África Occidental. Aunque el ébola es mortífero y altamente contagioso, los costes económicos y humanos podrían haber sido mucho menores si la comunidad internacional hubiera provisto sin demoras el apoyo necesario. Frente al COVID-19, un nuevo virus que se está propagando rápidamente, los gobiernos y las instituciones internacionales se arriesgan a cometer el mismo error.

El ébola llegó a Nigeria en julio de 2014, cuando un liberiano infectado arribó a Lagos, donde yo trabajaba como médico. Cuando fue admitido a nuestro hospital para recibir tratamiento estábamos muy poco preparados. De hecho, fui infectada, al igual que varios de mis colegas.

Pero al menos era un hospital privado con recursos razonables, como agua corriente y guantes quirúrgicos. Es más, cuando comenzamos a sospechar que teníamos un caso de ébola, nuestro director médico se puso en contacto de inmediato con el ministerio de salud estatal y la Organización Mundial de la Salud. Los ministerios de salud estatal y federal movilizaron recursos inmediatamente.

Fueron necesarios 93 días para contener el virus en Nigeria. Fallecieron 8 personas, entre ellas algunos de mis colegas más cercanos. Tuve la suerte de sobrevivir. Pero el brote fue mucho más devastador en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Con sistemas de salud débiles y pocos recursos, estos países necesitaban desesperadamente el apoyo internacional que les permitieran contener la situación. Pero cuando este llegaba, solía ser escaso y tardío.

Entre abril y octubre de 2014, las Naciones Unidas movilizaron $15 millones a través del Fondo de Respuesta Central de Emergencia (CERF) para combatir el ébola. Pero para agosto de 2014, el coste estimado de contener la enfermedad ya ascendía a más de 71 millones. Al mes siguiente, cuando hubo 700 nuevos casos en apenas una semana, era de $1 mil millones.

Sin fondos adecuados, los hospitales no contaban con suficientes camas ni unidades de tratamiento de aislamiento para todas las víctimas. Ante la falta de opciones, los parientes de las víctimas del ébola desobedecieron las órdenes de los gobiernos y abandonaron en las calles sus cadáveres infectados y todavía contagiosos.

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Finalmente, en septiembre de 2014, la ONU creó su Misión de Respuesta de Emergencia al Ébola (UNMEER) para ampliar la escala de los esfuerzos en terreno y establecer una “unidad de propósito” entre las entidades a cargo de la respuesta. Para diciembre, las organizaciones y los países donantes habían prometido $2,89 mil millones. Pero ni siquiera esas cuantiosas promesas funcionaron según lo planeado: a febrero de 2015, se habían desembolsado alrededor de $1 mil millones.

No fue una brecha sorprendente. Según Oxfam, los donantes entregan, en promedio, solo un 47% de los fondos a los que se comprometen para iniciativas de recuperación, e incluso eso podría sobrestimar la cantidad que finalmente llega a los países de destino, lo que refleja una increíble falta de responsabilidad. Cuando las promesas se dejan de lado, las agencias de la ONU que manejaron la recolección de fondos no lo informan al público.

Como resultado se produce un círculo vicioso en el que las demoras de financiación permiten que el brote empeore, lo que eleva el coste total. Para cuando el ébola había sido contenido habían pasado tres años y los países habían gastado casi cinco veces la cantidad que se había estimado en septiembre de 2014. Fallecieron cerca de 12.000 personas.

La historia parece estarse repitiendo con el brote del COVID-19, pero en una escala mucho mayor. En los países a los que se ha propagado habita casi la mitad de la población mundial. Una vez llegue a los países africanos con sistemas de salud débiles –es especial sus ciudades densamente pobladas- el número de infecciones podría irse a las nubes.

Reconociendo este riesgo, el Director General de la Organización Mundial de la Salud Tedros Ghebreyesus ha solicitado $675 millones para preparar a los sistemas de salud del planeta para enfrentar el COVID-19 entre hoy y el mes de abril. Sin embargo, a fines de febrero solo la Fundación Bill y Melinda Gates había respondido a la llamada, ofreciendo una donación de $100 millones. A este ritmo, en África y el resto del mundo, una incalculable cantidad de víctimas no habrán podido recibir ayuda a tiempo.

La epidemia del ébola de 2014-16 puso en evidencia dos verdades de la respuesta global ante las crisis: raramente funciona la recaudación de fondos durante las emergencias y el CERF, que cubre aspectos tan amplios como los huracanes y las sequías, no puede además asumir esta tarea. Por eso debería crearse un fondo por separado de ayuda para emergencias, centrado en brotes de enfermedades y con financiación continua de países donantes, ONG y agencias de la ONU.

No es un asunto de caridad, sino de autopreservación. Los virus no respetan las fronteras nacionales. Pensaba que en Nigeria estaba a salvo del ébola, y entonces lo contraje. Cuando los italianos del norte se informaron del brote del COVID-19 en Wuhan, lo más probable es que no esperaran acabar en cuarentena.

Si bien países como Singapur pueden ser capaces de montar una respuesta potente y eficaz a las infecciones del COVID-19, muchos otros no pueden. Y cuando un virus se propaga a comunidades que carecen de la habilidad de contenerlo, incluso quienes cuentan con esa capacidad pueden verse abrumados. En pocas palabras, nadie está seguro sino hasta que todos lo estén.

Los virus se desplazan más rápido que los gobiernos o las campañas internacionales de recaudación de fondos. Por ello, nuestra mejor opción de reducir al mínimo los riesgos de los brotes de enfermedades contagiosas es asegurarnos de tener preparado un fondo de emergencia para su despliegue en cuanto surja una crisis sanitaria. Si el ébola no nos enseñó esa lección, el COVID-19 seguramente lo hará.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

https://prosyn.org/I0yl8tHes