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Egipto necesita un presidente, no un faraón

Egipto está viviendo un acalorado debate acerca de las reformas políticas. El asunto central es la demanda de todos los partidos de la oposición y grupos de la sociedad civil de que se enmiende la constitución de 1971 y se dé término al Estado de emergencia que ya lleva 23 años en vigencia y fuera impuesto tras el asesinato de Anwar Sadat en 1981.

Estas demandas no son nuevas. Pero el Presidente Hosni Mubarak y el gobernante Partido Democrático Nacional han evadido el tema desde mediado de la década de los 80. Lo que da más urgencia esta vez a las exigencias de reformas son los ominosos sucesos acaecidos en Egipto, la región y el mundo en general.

En el país crece la preocupación acerca de la edad de Mubarak (76) y su salud en deterioro. La mala salud de Mubarak, motivo de rumores durante años, nunca fue reconocida oficialmente sino hasta noviembre de 2003, cuando ya no se pudo ocultar más. Mientras hablaba ante el Parlamento, el Presidente se desmayó frente a millones de televidentes. Aunque volvió una hora después para terminar su discurso, los egipcios comenzaron a exigir una mayor transparencia acerca de la salud del presidente, así como sobre otros asuntos de estado.

Mientras tanto, la atrasada economía egipcia, la alta tasa de desempleo y la corrupción rampante han hecho que miles de jóvenes egipcios caigan en la desesperanza. Más de la mitad de los egipcios vivos nacieron durante el gobierno de Mubarak. Según un informe reciente del Programa de Desarrollo de la ONU, cerca de la mitad de quienes tienen entre 15 y 30 años sueñan con emigrar a Europa, América del Norte o Australia.