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Egipto, país en venta

EL CAIRO – La visita a Egipto, la pasada semana, del rey Salmán de Arabia Saudita se saldó con 22 acuerdos, entre ellos un contrato petrolero por 22 000 millones de dólares, para darle un estímulo a la moribunda economía egipcia. Pero la generosa ayuda no fue gratuita: Egipto tuvo que renunciar a dos islas en el Mar Rojo que le habían sido cedidas por Arabia Saudita en 1950. La transacción reveló que la dirigencia egipcia miente al decir que el país sigue siendo una importante potencia regional. En realidad, Egipto no puede ni siquiera manejar los desafíos internos que le plantea el veloz crecimiento de una población dependiente de subsidios insostenibles, situación que los yihadistas explotan muy bien. ¿Cómo llegó el país a este punto?

Cuando en 1807 Muhammad Ali derrotó a los británicos, Egipto se convirtió en el primer país árabe en obtener la independencia de facto. Pero el nieto de Ali, Ismail, la dilapidó a fuerza de despilfarro, dando inicio a una dependencia de ayudas externas que persiste hasta el día de hoy.

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En 1875 Ismail tuvo que vender la participación de Egipto en el Canal de Suez para cubrir el déficit presupuestario. Como resultara insuficiente para detener la hemorragia fiscal, los acreedores europeos crearon una comisión para asegurarse el pago. En 1877, más del 60% de los ingresos de Egipto se usaban para honrar la deuda. En 1882, los británicos tomaron control del país para proteger sus inversiones.

La dependencia egipcia de los británicos continuó hasta la llegada al poder de Gamal Abdel‑Nasser en 1952; este se alió con los soviéticos, que le suministraron armamento avanzado a cambio de promesas de pago similares a las que habían sido la ruina de su predecesor. Cuando Nasser murió, en 1970, la Armada del Kremlin había transformado el puerto de Alejandría en una cuasirrepública soviética, donde se hablaba ruso como segundo idioma.

En tanto, Nasser aplicó costosas políticas económicas populistas. Engordó la burocracia ofreciendo a cada graduado universitario una sinecura en el gobierno; hoy, el 24% de la fuerza laboral está empleada en el Estado. Nasser introdujo subsidios a bienes básicos (desde el pan hasta los combustibles) que en 2013‑2014 alcanzaron el 8,1% del PIB. En 2014‑2015, el 81% del presupuesto se usó para el pago de deudas, subsidios y salarios, dejando sin financiación a la educación y otras inversiones esenciales para el crecimiento a largo plazo.

Todo esto reforzó la necesidad egipcia de ayuda extranjera. Y de hecho, a pesar del giro prosoviético de Nasser, Egipto fue el mayor receptor de ayuda extranjera estadounidense, hasta que la desastrosa guerra con Israel en 1967 congeló las relaciones. Incapaces de desafiar militarmente a Israel, los soviéticos enviaban aviones de combate a trabarse en escaramuzas con sus adversarios israelíes sobre el Canal de Suez. Nasser hablaba pestes del imperialismo y la dependencia económica, pero había entregado el país al vasallaje.

El sucesor de Nasser, Anwar Sadat, intentó revivir a Egipto liberalizando la economía, firmando la paz con Israel y abandonando la alianza con los soviéticos para acercarse a Estados Unidos y Europa occidental. A cambio recibió un paquete de ayuda de más de 2000 millones de dólares al año en promedio. Pero hasta eso resultó insuficiente ante una tasa anual del 2,2% de crecimiento poblacional.

Hoy, Egipto también depende de ayudas de Europa y del Golfo Pérsico, que se habilitan a través de entidades como el Fondo Árabe para el Desarrollo Económico y Social, el Fondo de Abu Dhabi para el Desarrollo y el Fondo Saudita para el Desarrollo. El Fondo Kuwaití para el Desarrollo Económico de los Países Árabes dio a Egipto 2500 millones de dólares (más del 50% en subvenciones), lo que hace de Egipto su principal beneficiario. Estas ayudas sostienen la economía egipcia al financiar proyectos de infraestructura y aliviar el déficit presupuestario. También ayudan las ocasionales cancelaciones de deuda.

Pero los egipcios apenas oyen hablar de las dificultades económicas de su país. La prensa controlada por el gobierno exhibe los nuevos puentes y el aumento de la producción industrial, a la vez que destaca el papel de Egipto en los asuntos regionales, como el estancado proceso de paz entre israelíes y palestinos, y la formación de gobiernos en el Líbano.

Esa propaganda busca sostener el mito de que Egipto conserva una posición exclusiva y poderosa en Medio Oriente. Es verdad que, a diferencia de la mayoría de los otros países árabes (particularmente Líbano y Yemen), en Egipto hay un sentido de identidad nacional que viene del tiempo de los antiguos imperios de los faraones. Y la gran homogeneidad de su población (un 90% de musulmanes suníes) le permitió crear un gobierno central fuerte y evitar los conflictos sectarios que son la pesadilla de países como Irak y Siria.

Pero el relato de preponderancia regional urdido por los líderes egipcios suena cada vez más hueco. Los 750 000 egipcios que cada año terminan la universidad quieren empleos, no promesas vanas basadas en las glorias del pasado. Los empleados no cualificados de la diezmada industria del turismo añoran la vuelta de los extranjeros. Y los trabajadores fabriles anhelan niveles de producción que el poder adquisitivo de los consumidores locales, desempleados, no puede sostener.

En vez de resolver estos problemas, el presidente egipcio Abdel Fattah el-Sisi se vio obligado a ceder territorio a los sauditas a cambio de la ayuda que el país necesita para mantenerse a flote, y fue por ello objeto de escarnio. Pero en el juego de suma cero de la política de Medio Oriente, lo que pierden unos lo ganan otros. Y en el Egipto actual, los que se aprovechan del desencanto popular con el gobierno son los islamistas radicales.

Estos ofrecen un relato propio, según el cual, la nación‑Estado moderna traicionó a árabes y musulmanes. Relato que encuentra oídos dispuestos a escucharlo en una población que experimenta el fracaso del Estado día a día. Buscar la restauración de la pasada gloria islámica se está volviendo más atractivo que revivir una potencia regional que nunca pudo ni siquiera asegurar derechos a los palestinos.

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La dirigencia egipcia aún tiene la legitimidad y la fuerza necesarias para poner límites a este peligroso discurso. Pero para ello, debe reconocer lo que Egipto es, y lo que no es. En un país acostumbrado a atesorar piezas arqueológicas, el mito de la grandeza regional es una reliquia que debería desaparecer pronto.

Traducción: Esteban Flamini