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Egipto después de Morsi

BERLÍN – Egipto está en el corazón de la revolución árabe, aún cuando la chispa inicial se haya encendido en Túnez. Pero Egipto –con su ubicación estratégica, sus fronteras estables, su gran población y su antigua historia– ha sido durante siglos la principal potencia en el mundo árabe y definió el movimiento de la historia en la región como ningún otro país. Esto implica que el derrocamiento del presidente egipcio democráticamente electo, Mohamed Morsi, tendrá repercusiones mucho más amplias.

¿Fue la destitución de Morsi una clásica contrarrevolución disfrazada de golpe militar? ¿O el golpe evitó la completa toma del poder por los Hermanos Musulmanes y evitó así el colapso económico de Egipto y su caótica caída hacia una dictadura religiosa?

Nadie debe negar que lo ocurrido en Egipto fue un golpe militar, ni que las fuerzas del régimen del expresidente Hosni Mubarak han vuelto al poder. Pero, a diferencia de 2011 –cuando unos pocos liberales favorables a Occidente y una enorme cantidad de jóvenes de la clase media urbana se congregaron contra Mubarak–, ahora los mismos grupos apoyan el golpe, otorgándole una cierta legitimidad (¿democrática?). Sin embargo, no es posible minimizar el derrocamiento por los militares de un gobierno democráticamente electo.

¿Cuáles son entonces las opciones actuales de Egipto? ¿Repetirá la tragedia de Argelia, donde los militares cancelaron una elección para evitar que los islamistas asumieran el poder y condujeron a una guerra civil que duró 8 años y cobró 200 000 vidas? ¿Volverá el país a una dictadura militar? ¿O terminará Egipto con algo parecido a una «democracia» kemalista, como la que prevaleció largo tiempo en Turquía, con un gobierno civil y las decisiones en manos de los militares? Las tres alternativas son factibles, aunque es imposible predecir cuál primará.