children school bus Blend Images - JGI/Jamie Grill/Getty Images

Al rescate de las comunidades

CAMBRIDGE – La economía enseña que la medida del bienestar de una persona es la cantidad y variedad de bienes que puede consumir. A su vez, las posibilidades de consumo se maximizan dando a las empresas la libertad que necesitan para aprovechar las nuevas tecnologías, la división del trabajo, las economías de escala y la movilidad. El consumo es la meta; la producción es el medio para alcanzarla. Los mercados, no las comunidades, son la unidad y el objeto del análisis.

Es innegable que esta visión de la economía centrada en consumidores y mercados ha rendido abundantes frutos. La fabulosa diversidad de los bienes de consumo disponibles en los grandes almacenes o los puntos de venta de Apple de cualquier ciudad importante del mundo hubiera sido inimaginable hace apenas una generación.

Pero es evidente que al mismo tiempo algo salió mal. Las divisiones económicas y sociales dentro de nuestras sociedades han generado una amplia contrarreacción en una gran variedad de entornos, desde Estados Unidos, Italia y Alemania en el mundo desarrollado hasta países en desarrollo como Filipinas y Brasil. La turbulencia política da motivos para pensar que las prioridades de los economistas tal vez no hayan sido del todo adecuadas.

Dos libros, uno próximo a publicarse de Raghuram Rajan y otro publicado este mes de Oren Cass, revisan nuestra cosmovisión economicista y sostienen que en vez de las prioridades actuales, deberíamos poner ante todo la salud de las comunidades locales. Familias estables, buenos empleos, escuelas de calidad, espacios públicos abundantes y seguros, y orgullo por la historia y las culturas locales: estos son los elementos esenciales de las sociedades prósperas. Ni los mercados globales ni el estado‑nación pueden proveerlos adecuadamente, y a veces los mercados y los estados atentan contra ellos.

Los autores parten de dos puntos de vista diferentes. Rajan es un economista de la Universidad de Chicago y ex gobernador del Banco de la Reserva de la India. Cass trabaja en el Instituto Manhattan para la Investigación Política (un think tank de centroderecha) y fue director del área de políticas internas para la campaña presidencial del candidato republicano Mitt Romney. Uno no esperaría necesariamente que un economista de Chicago o un republicano moderado vean a los mercados y a la hiperglobalización con escepticismo. Pero los dos están preocupados por sus efectos en las comunidades.

Rajan dice que la comunidad es el “tercer pilar” de la prosperidad, tan importante como los otros dos (el Estado y el mercado). Sostiene que al igual que un excesivo poder estatal centralizado, la globalización descontrolada puede destruir el tejido social de las comunidades locales. Cass dice explícitamente que la política comercial y migratoria de Estados Unidos debe dar prioridad a los trabajadores estadounidenses, lo que implica asegurar un buen funcionamiento de los mercados laborales locales y abundancia de buenos empleos con salarios dignos. Ambos autores destacan las ventajas del comercio internacional y rechazan el proteccionismo del presidente estadounidense Donald Trump. Pero coinciden en que tal vez fuimos demasiado lejos con la hiperglobalización, sin prestar atención suficiente a los costos para las comunidades.

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Cuando una fábrica local cierra porque una empresa decidió subcontratar la producción a un proveedor al otro lado de la frontera, se pierde más que los cientos (o miles) de puestos de trabajo que se trasladan al extranjero. La reducción del gasto en bienes y servicios locales multiplica el impacto, de modo que los trabajadores y empleadores en toda la economía local resultan afectados. También se reduce la recaudación tributaria del gobierno local, así que habrá menos dinero para invertir en educación y otros bienes y servicios públicos. A menudo a esto le siguen la anomia, la desintegración de las familias, la adicción a opioides y otras enfermedades sociales.

La respuesta usual de los economistas es pedir “más flexibilidad del mercado laboral”: basta que los trabajadores abandonen las áreas deprimidas y busquen trabajo en otra parte. Pero como nos recuerda Cass, la movilidad geográfica tiene que ir de la mano de “la oportunidad de quedarse”. Incluso en tiempos de grandes migraciones, el grueso de las poblaciones locales se quedó en el lugar y necesitó buenos empleos y comunidades sólidas.

Alternativamente, algunos economistas recomiendan compensar a los perdedores del cambio económico, por medio de transferencias sociales y otras prestaciones. Pero dejando a un lado la factibilidad de tales transferencias, es dudoso que sean la solución. La falta de empleo deteriora el bienestar individual y comunitario, incluso si los niveles de consumo se sostienen mediante subsidios en efectivo.

En última instancia, el único modo de dar vitalidad a las comunidades locales es mediante la creación y expansión de empleos bien remunerados. La propuesta de Cass es alentar el empleo por medio de subsidios al salario. Rajan recalca el papel de la dirigencia local, que puede movilizar activos comunitarios, generar compromiso social de parte de los residentes locales y crear una nueva imagen, todo ello en el contexto de políticas estatales más favorables y una globalización controlada.

Otros economistas proponen programas de extensión que fomenten la cooperación entre empleadores locales y universidades de la región. Y otros recomiendan apelar al gasto público local, por ejemplo mediante programas de capacitación laboral para pequeñas y medianas empresas.

No sabemos de antemano cuál puede ser la mejor solución; para obtener mejoras se necesitará una buena cuota de experimentación con distintas políticas. Pero las tendencias tecnológicas actuales amenazan con agravar los problemas que ya tienen las comunidades, de modo que es evidente la necesidad de actuar con urgencia. Las nuevas tecnologías digitales tienden a exhibir economías de escala y efectos de red, que llevan a una concentración y deslocalización de la producción. En vez de difundir mejoras, crean mercados donde el ganador se lleva todo; y la globalización de las redes de producción amplifica todavía más estos efectos.

De cómo equilibremos estas fuerzas con las necesidades de las comunidades dependerá no sólo el éxito económico, sino también el entorno social y político. Como muestran Cass y Rajan, es un problema que los economistas no pueden seguir ignorando.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/PamvkTQ/es;

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