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Fanáticos, charlatanes y economistas

DAVOS – En todo el mundo, al parecer, la crisis está controlando la política nacional. En cada elección se registran participaciones de los votantes históricamente bajas. A nivel universal, los políticos son condenados. Los partidos políticos tradicionales, desesperados por seguir siendo relevantes, caen en un círculo vicioso, y se ven forzados a ceder al extremismo o correr el riesgo de ser aplastados por movimientos populistas antisistema.

Mientras tanto, el dinero está teniendo un papel importante en la política como no se veía desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, al grado que supera el poder de las ideas. En los Estados Unidos, por ejemplo, el sonido de los miles de millones de dólares dirigidos a las arcas de las campañas electorales, está ahogando las voces de los votantes individuales. En partes del mundo donde el Estado de derecho es frágil, las redes delictivas y la corrupción sustituyen a los procesos democráticos. En resumen, la búsqueda del bien colectivo parece tristemente algo del pasado.

El problema empezó con el fin de la Guerra Fría, cuando el colapso de una ideología comunista en quiebra se interpretó complacientemente como el triunfo del mercado. Así como se descartó el comunismo, lo mismo sucedió con el concepto de Estado como agente central desde donde se podían organizar nuestros intereses y ambiciones colectivos.

El individuo se convirtió en el principal agente de cambio –un individuo concebido como el tipo de actor racional, figura común en los modelos económicos. La identidad de dicho individuo no proviene de intereses de clase u otras características sociológicas, sino de la lógica del mercado, que dictamina la maximización del interés individual, como productor, consumidor o votante.