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El BCE es ahora el ancla de Europa

Está al llegar el momento en que el Banco Central Europeo adquiera la reputación que merece. Apenas un mes después del rechazo del Tratado Constitucional de la Unión Europea en Francia y los Países Bajos, la reciente Cumbre de la UE celebrada en Bruselas acabó en una enconada orgía de egoísmos nacionales y no hubo acuerdo sobre el presupuesto de la Unión. Al ser Europa presa de la agitación política, el BCE debe ser un ancla de estabilidad.

Europa padece una profunda crisis de confianza que ha impedido su recuperación económica. Los consumidores, al carecer de confianza en la capacidad de sus dirigentes políticos para resolver múltiples problemas, están ahorrando para una época de vacas flacas que está –no les cabe duda—a la vuelta de la esquina, mientras que los empresarios son reacios a invertir, porque no confían en que los gobiernos emprendan las necesarias reformas económicas.

Como demuestra claramente la vergonzosa cumbre de Bruselas, esa falta de confianza en la dirección política de la UE está totalmente justificada. En lugar de hacer algo realmente constructivo sobre el problema esencial de Europa –reformar unos estados del bienestar caros para garantizar la competitividad a escala mundial—, los dirigentes políticos de Europa se ocultan tras argumentos de hombres de paja sobre los “modelos ultraliberales anglosajones”, la devolución a Gran Bretaña y los altos tipos de interés, como si la debilidad económica fuera culpa del BCE.

Para socavar la independencia del BCE, los ministros de Hacienda de Europa intentan tener más voz en la adopción de decisiones del Banco. El Primer Ministro de Luxemburgo y Presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, en una comparecencia ante la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios del Parlamento Europeo, sostuvo que los ministros de Hacienda de la zona del euro deben expresar sus opiniones con mayor firmeza ante el BCE. Pidió conservaciones “transparentes y francas” entre los ministros del Eurogrupo y el BCE.