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Borrachera de corrupción

Mi amigo Boris salía ebrio de mi casa, así que le sugerí que no manejara. Preguntó por qué. "Estás ebrio", le dije. "¿No le tienes miedo a la policía?" "No", respondió Boris, "tengo un documento con el retrato de Benjamín Franklin que siempre me saca de apuros". Me enseñó su licencia de manejo con un billete de 100 dólares al lado.

Obviamente yo sabía que la policía acepta sobornos, pero me preocupaba que Boris se pudiera topar con alguno que no fuera corrupto. "Ni de broma", replicó Boris. "Para ser policía de tránsito le tienes que pagar al jefe. Si no aceptas sobornos, ¿cómo le vas a pagar al jefe? La mitad de los conductores en Moscú tienen licencias ilegales. Los idiotas que quieren hacer las cosas honestamente se ahogan en la burocracia. Si pagas tus 100 dólares ¡puedes manejar sin frenos!"

El soborno y la malversación siempre han existido en Rusia, antes de la Revolución de Octubre de Lenin y después. Pero nunca al nivel titánico de hoy. Todo el mundo, en todas partes acepta sobornos para todo. Los únicos que no aceptan sobornos, dijo Boris, son aquéllos a los que nadie se los ofrece.

El soborno prospera en casi todas las instituciones, y la lucha para terminar con él siempre acaba en desastre o resignación. La policía, los fiscales y los funcionarios de aduanas, incluso el Kremlin: nadie ni nada es inmune.