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Sustancias prohibidas, deporte y ética

Cuando los juegos olímpicos regresen a Grecia en verano, los resultados en los laboratorios tal vez reciban la misma atención que los eventos en el estadio. La historia de las sustancias prohibidas y su control en las olimpiadas es desalentadora -un fárrago de reglas basadas en información incorrecta, trampas abiertamente apoyadas por los gobiernos e intentos erráticos y poco entusiastas para aplicar las normas.

Recientemente, un nuevo modelo ha reavivado las esperanzas de que haya una vigilancia efectiva de las sustancias prohibidas al quitar el control directo que tenían el Comité Olímpico Internacional y los comités nacionales sobre el análisis y la aplicación de normas y dárselo a la Agencia Mundial Antidoping y otras organizaciones similares a nivel nacional. Por ejemplo, la Agencia Antidoping de los EU desempeñó un papel central en el descubrimiento de un nuevo esteroide sintético conocido como THG, ligado a una empresa de California que se especializa en productos para atletas olímpicos y profesionales.

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Pero las esperanzas renovadas podrían frustrarse a menos de que respondamos efectivamente al reto ético. No habrá prohibiciones suficientes si no explicamos con claridad qué es exactamente lo que está mal al utilizar drogas que mejoran el rendimiento en deportes.

Existen tres razones de peso para prohibir esas sustancias: garantizarle a todos los atletas que la competencia es justa; preservar la integridad del atleta; y salvaguardar lo que le da al deporte su significado y su valor.

Los jóvenes atletas olímpicos dedican su vida al deporte para tener la oportunidad de competir contra los mejores y los más entregados. La diferencia entre un medallista y un simple participante puede ser de apenas centímetros o fracciones de segundo. Una pequeña ventaja puede ser decisiva. ¿Y si esa ventaja proviene del uso de una sustancia que mejora el rendimiento?

Para los atletas que quieren competir limpiamente, la amenaza de resultar vencidos por un competidor que no es más rápido, más fuerte o más dedicado, sino que tomó una droga para obtener ventaja es un asunto muy personal. Cuando hay sustancias prohibidas, y algunos atletas las utilizan de todas formas, las condiciones se inclinan a favor del que hace trampa. Si se prohíben sustancias en los juegos olímpicos, debemos garantizar a los atletas que se disuadirá, detectará y castigará a los tramposos.

La integridad parece una idea anticuada, pero está en el centro de lo que somos y cómo vivimos. Las drogas que mejoran el rendimiento afectan la integridad del atleta de dos maneras. Primero, si hay sustancias prohibidas, el elegir no utilizarlas es una prueba de carácter. Una persona íntegra no se comporta de manera deshonesta. Una persona íntegra no busca vencer a sus adversarios con métodos que le dan una ventaja ilegítima.

Segundo, el concepto de integridad implica entereza, firmeza moral y repudio a la corrupción. Cuando un atleta gana utilizando una sustancia que mejora su rendimiento, ¿cómo interpreta lo que sucedió? ¿Soy el mejor del mundo? ¿O acaso mi victoria queda irremediablemente manchada por los efectos de la droga? El significado de una victoria con sustancias prohibidas es ambiguo incluso para el atleta. Es el resultado de la corrupción y la falta de entereza, exactamente lo contrario de un triunfo auténtico.

¿Qué es lo que hace que una victoria sea auténtica? ¿Qué le da al deporte su significado y su valor? Se espera que el atleta triunfador combine talentos naturales extraordinarios con esfuerzo, entrenamiento y técnica ejemplares. Todas esas son formas de excelencia humana. Nacemos con algunas y con otras no. Por mucho que me gustaba jugar baloncesto, mi destino no fue alcanzar el 1.80 de estatura. La certeza de mis tiros y la disposición a recibir golpes nunca pudieron compensar mi estatura y mi mediocre habilidad para saltar.

Cualesquiera que sean nuestras habilidades naturales, debemos perfeccionarlas. Eso lo logramos -o no-a través de una combinación de virtudes como la fortaleza ante los implacables entrenamientos, valor físico para vencer al dolor e inteligencia para usar la mejor estrategia, junto con otros factores como buenos entrenadores, el equipo óptimo y una nutrición sana.

Los talentos naturales deben respetarse por lo que son: la incidental suerte extraordinaria en la rifa biológica. El valor, la fortaleza, la inteligencia para competir y otras virtudes merecen legítimamente nuestra admiración moral. Los demás factores -el equipo, los entrenadores y la nutrición-contribuyen al éxito del atleta pero no generan el mismo respeto o consideración. Cuando vemos a un velocista implantar un nuevo récord olímpico en los cien metros planos, no son sus zapatos los que despiertan nuestra admiración, ni el entrenamiento que recibió ni el suplemento energético que consumió antes del evento.

Todo eso contribuye al récord, al igual que Ansel Adams necesitó una buena cámara para tomar sus inolvidables fotografías del Oeste estadounidense o que Miguel Angel necesitó buen mármol y cinceles afilados para esculpir al David. Pero lo que a nosotros nos interesa más es la inefable combinación de talentos naturales notables con una dedicación extraordinaria.

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Las sustancias que mejoran el rendimiento ocultan las habilidades naturales y sustituyen la dedicación y la concentración que nosotros admiramos. Las sustancias que mejoran el rendimiento quitan valor al deporte, hacen ganadores a los simples participantes y privan a los atletas virtuosos y superiores de las victorias que deben ser suyas.

Eliminar del deporte a las sustancias que mejoran el rendimiento no será fácil, y el éxito no está garantizado. Pero el esfuerzo vale la pena mientras nos importen lo suficiente la justicia, la integridad y el valor y el significado del deporte.