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Los desafíos de política exterior de Donald Trump

CAMBRIDGE – Durante su campaña, el presidente electo de Estados Unidos cuestionó las alianzas e instituciones que apoyaban el orden mundial liberal, pero no hizo demasiada mención a políticas específicas. Quizás el interrogante más importante que plantea su victoria sea si la extensa fase de globalización que comenzó al finalizar la Segunda Guerra Mundial esencialmente terminó.

No necesariamente. Aún si los acuerdos comerciales como el Acuerdo Transpacífico y el TTIP fracasan y la globalización económica se desacelera, la tecnología está promoviendo una globalización ecológica, política y social en la forma de cambio climático, terrorismo transnacional y migración -le guste o no a Trump-. El orden mundial excede a la economía y el papel de Estados Unidos allí sigue siendo central.

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Bo Lidegaard argues that the US president-elect’s ability to derail global progress toward a green economy is more limited than many believe.

Con frecuencia, los norteamericanos no entendemos bien cuál es nuestro lugar en el mundo. Oscilamos entre el triunfalismo y el derrotismo. Después de que los soviéticos lanzaron el Sputnik en 1957, creímos que estábamos en decadencia. En los años 1980, pensábamos que los japoneses medían 3 metros. En el período posterior a la Gran Recesión de 2008, muchos norteamericanos por error creyeron que China se había vuelto más poderosa que Estados Unidos.

A pesar de la retórica de campaña de Trump, Estados Unidos no está en decadencia. Debido a la inmigración, es el único país desarrollado importante que no sufrirá una declinación demográfica a mediados de siglo; su dependencia de las importaciones de energía está disminuyendo, no aumentando; se encuentra a la vanguardia de las tecnologías relevantes (biotecnología, nanotecnología, tecnología de la información) que darán forma a este siglo, y sus universidades dominan los rankings mundiales.

Muchas cuestiones importantes poblarán la agenda de política exterior de Trump, pero probablemente predominarán unas pocas cuestiones -concretamente las relaciones con grandes potencias como China y Rusia y la agitación en Oriente Medio-. Un ejército estadounidense fuerte sigue siendo necesario pero no basta para ocuparse de las tres. Mantener el equilibrio militar en Europa y el este de Asia es una fuente importante de influencia norteamericana, pero Trump está en lo cierto al decir que intentar controlar la política interna de poblaciones nacionalistas en Oriente Medio es una receta para el fracaso.

Oriente Medio está atravesando un conjunto complejo de revoluciones que surgen de fronteras poscoloniales artificiales, de un conflicto sectario religioso y de la modernización postergada que se describe en los Informes de Desarrollo Humano Árabe de las Naciones Unidas. La agitación resultante puede durar décadas y continuará alimentando el terrorismo yihadista radical. Europa se mantuvo inestable durante 25 años después de la Revolución Francesa y las intervenciones militares de potencias externas no hicieron más que empeorar las cosas.

Sin embargo, aún con menos importaciones energéticas provenientes de Oriente Medio, Estados Unidos no puede darle la espalda a la región, considerando sus intereses en Israel, la no proliferación y los derechos humanos, entre otros. La guerra civil en Siria no sólo es un desastre humanitario; también está desestabilizando a la región y a Europa. Estados Unidos no puede ignorar estos acontecimientos, pero su política debería ser una política de contención, que influya en los resultados alentando y fortaleciendo a nuestros aliados, en lugar de intentando ejercer un control militar directo, que sería costoso y a la vez contraproducente.

Por el contrario, el equilibrio regional de poder en Asia hace que Estados Unidos sea bienvenido allí. El ascenso de China ha alimentado la preocupación en India, Japón, Vietnam y otros países. Manejar el ascenso global de China es uno de los grandes desafíos en materia de política exterior de este siglo, y la estrategia bipartidaria de doble vía de Estados Unidos de "integrar pero asegurar" -según la cual Estados Unidos invitó a China a sumarse al orden mundial liberal, reafirmando a la vez su tratado de seguridad con Japón- sigue siendo la estrategia correcta.

A diferencia de hace un siglo, cuando una Alemania en ascenso (que había superado a Gran Bretaña en 1900) atizó los temores que ayudaron a precipitar el desastre de 1914, China no va a superarnos en poder general. Aún si la economía de China superara a la de Estados Unidos en tamaño total para 2030 o 2040, su ingreso per capita (una mejor medida de la sofisticación de una economía) decaerá. Es más, China no igualará el "poder duro" militar de Estados Unidos o su "poder blando" de atracción. Como dijo alguna vez Lee Kuan Yew, mientras Estados Unidos siga abierto y atraiga los talentos del mundo, China "le va a hacer competencia", pero no va a reemplazar a Estados Unidos.

Por esas razones, Estados Unidos no necesita una política de contención de China. El único país que puede contener a China es China. Al intensificar sus conflictos territoriales con sus vecinos, China se contiene a sí misma. Estados Unidos necesita lanzar iniciativas económicas en el sudeste de Asia, reafirmar sus alianzas con Japón y Corea y seguir mejorando las relaciones con India.

Finalmente, está Rusia, un país en decadencia, pero con un arsenal nuclear suficiente para destruir a Estados Unidos -y, en consecuencia, todavía una amenaza potencial para Estados Unidos y otros-. Rusia, que prácticamente depende por completo de los ingresos de sus recursos energéticos, es una "economía de monocultivo" con instituciones corruptas y problemas demográficos y sanitarios insuperables. Las intervenciones del presidente Vladimir Putin en los países vecinos y en Oriente Medio, y sus ataques cibernéticos contra Estados Unidos y otros, si bien están destinados a hacer que Rusia se vea grande otra vez, no hacen más que empeorar las perspectivas de largo plazo del país. En el corto plazo, sin embargo, los países en decadencia suelen asumir más riesgos y, por lo tanto, son más peligrosos -un ejemplo es el imperio austrohúngaro en 1914.

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Esto ha creado un dilema político. Por un lado, es importante resistir el enorme desafío de Putin a la prohibición del orden liberal post-1945 del uso de la fuerza por parte de los estados para apropiarse de territorio de sus vecinos. Al mismo tiempo, Trump tiene razón al evitar el aislamiento completo de un país con el cual tenemos intereses superpuestos en lo que concierne a la seguridad nuclear, la no proliferación, el antiterrorismo, el Ártico y cuestiones regionales como Irán y Afganistán. Las sanciones financieras y energéticas son necesarias para la disuasión; pero también tenemos intereses genuinos que podríamos promover mejor si los enfrentáramos junto con Rusia. Nadie saldría ganando con una nueva Guerra Fría. 

Estados Unidos no está en decadencia. La tarea inmediata en el ámbito de la política exterior para Trump será la de ajustar su retórica y garantizarles a sus aliados y a otros que el papel de Estados Unidos en el orden mundial liberal continuará.