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No alimenten al dragón

La Unión Europea, después de una rencilla de tres ańos con el Presidente Bush, está muy interesada en que se la considere una protagonista con la que se deba contar en el mundo. Muchos dirigentes de la UE ven un nuevo respeto posible en forma de “cooperación estratégica” con China destinada a equilibrar el poder de los Estados Unidos.

Algunos quieren que dicha cooperación comprenda el comercio de armamento avanzado, como lo atestigua la reciente campańa para eliminar la prohibición de que la UE venda armas a China, que se remonta a quince ańos atrás. Aunque los Estados Unidos ponen poderosas objeciones al respecto, algunos europeos hacen caso omiso de ellas.

Pero China no es un interlocutor comercial cualquiera. Aunque no está comprometida abiertamente con la oposición a los valores e intereses occidentales, los intereses de China en la intimidación a Taiwán y la afirmación de su hegemonía regional en toda Asia no son, desde luego, los de Europa y Occidente, por no citar al Japón, a la India y al resto de Asia.

De hecho, China se situó junto a Rusia, Belarús y otros pocos regímenes despóticos, al reconocer prematuramente como Presidente de Ucrania a Viktor Yanukovich, que ha manifestado actitudes de matonismo y fraude electoral. No debe extrańar, pues el Gobierno de China no piensa celebrar pronto elecciones libres y justas. De hecho, tal vez la “revolución anaranjada” de Ucrania, con los millares de participantes en las protestas en la plaza de la Independencia de Kiev, sirviera de potente recordatorio para los dirigentes de China de las protestas en la plaza de Tienanmen de hace quince ańos y –en contraste con Ucrania- su estrategia de represión brutal.