0

¿Sirve de algo la intervención militar?

OXFORD – En vista de que las iniciativas de fuerzas de paz en los países post-conflicto son costosas y complejas, y dado que la guerra en Irak socavó la fe que tenían las naciones ricas en su probable éxito, una mirada desapasionada del uso de la intervención militar es oportuna. Un nuevo estudio para el proyecto Consenso de Copenhague que incluye el primer análisis de costos y beneficios de las iniciativas de fuerzas de paz de las Naciones Unidas concluye que el poder militar es una herramienta importante para reducir el derramamiento de sangre en todo el mundo.

Irak es un ejemplo engañoso sobre la efectividad de este tipo de iniciativas. A diferencia de la gran mayoría de los conflictos, su guerra civil fue desatada por una guerra internacional. El escenario mucho más característico es la violencia política dentro de una nación pequeña, de bajos ingresos y crecimiento reducido, aquejada por fuertes divisiones étnicas.

Tener trato con estos países estructuralmente peligrosos es, claramente, uno de los desafíos de seguridad más apremiantes de nuestra generación. Existe una buena razón para pensar que habrá una escalada del conflicto. La mitad de todas las guerras civiles son reincidencias post-conflicto, y los acuerdos de paz negociados recientemente dejaron a muchos países en una condición inestable. El auge de las materias primas y el descubrimiento de recursos minerales en estados frágiles han sembrado semillas de la discordia, mientras que la propagación de la democracia en países de bajos ingresos -quizá sorprendentemente- aumenta la posibilidad estadística de que haya violencia política.

Algunos creen que debería dejarse que los países en conflicto resuelvan las cosas por su cuenta. Pero la compasión y el egoísmo se oponen a esta postura. Las guerras civiles modernas son horrorosas. Afectan de forma abrumadora a las poblaciones civiles en los contextos más pobres y más desesperados de la Tierra. Las naciones ricas no resultan víctimas de la violencia política, pero sí cargan con algunos de sus costos. Después de todo, las sociedades quebradas son paraísos para la ilegalidad, ya sea el narcotráfico o el entrenamiento de terroristas.