Desinvertir para un futuro mejor

SEATTLE – Algunas veces la mejor medida de la vitalidad de un movimiento es la reacción de quienes lo critican. Cuando a principios de noviembre la Universidad Nacional Australiana (ANU) anunció que vendería sus acciones en siete empresas mineras y extractivas de combustibles fósiles, generó una oleada de críticas de los políticos conservadores de su país.

Estos paladines del libremercado, que lo son apenas de nombre, se dieron el lujo de decir a la universidad a qué debería destinar sus fondos. Joe Hockey, Tesorero de Australia, la calificó como una decisión “desconectada de la realidad”, y otros más como una “desgracia”, “muy extraña” y “miope e irresponsable”. Da igual que las sumas en cuestión hayan sido relativamente pequeñas (menos de un 2% de la cartera de la universidad, estimada en 1 mil millones de dólares).

A medida que se consolida la tendencia a desinvertir de los combustibles fósiles, veremos cada vez más reacciones de pánico como estas. El clamor de los conservadores australianos me recuerda la reacción que recibí cuando testifiqué ante el Congreso de Estados Unidos en 2013, diciendo que “deberíamos dejar el carbón en la tierra, donde pertenece”. David McKinley, congresista republicano por Virginia Occidental, contestó que mis palabras “le daban escalofríos” y luego comenzó a hablar de los índices de crimen en Seattle, de donde era yo alcalde.

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