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¿Los bancos de Europa pueden salvar a la UE?

NUEVA YORK – La sanción multimillonaria en dólares impuesta recientemente por el gobierno estadounidense al Deutsche Bank de Alemania por vender de manera abusiva títulos hipotecarios en Estados Unidos hizo poco para mejorar la confianza en la Unión Europea, que sigue acosada por un crecimiento económico lento, un desempleo elevado, desafíos en materia de inmigración y una creciente incertidumbre. Lo que el escándalo del Deutsche Bank sí hizo fue echar luz sobre una opción de último recurso -una suerte de "pase Ave María", en términos de fútbol americano- que, potencialmente, podría salvar al proyecto europeo.

A pesar de representar alrededor del 20% del PIB mundial, la eurozona no tiene un banco o una institución de servicios financieros en los diez primeros puestos del ranking global FT 500. Los efectos colaterales de un sistema bancario tan fragmentado y vulnerable son evidentes en la calificación relativamente pobre de Europa en otros sectores, como tecnología y energía, que son vitales para el futuro económico de los miembros de la UE.

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Europa no tiene escasez de bancos: Alemania tiene más de 1.500 e Italia, más de 600. Pero muchos de estos son los llamados "bancos zombies", con demasiadas sucursales, escasos depósitos y costos de financiación que superan en exceso los de sus pares más exitosos.

Por cierto, según el Fondo Monetario Internacional, aproximadamente una tercera parte del sector bancario de Europa, que representa activos por un valor de 8,5 billones de dólares, sigue siendo débil y no puede generar ganancias sustentables. Todo esto crea riesgos negativos importantes para la economía de la UE y, en definitiva, para todo el experimento político europeo.

Restablecer la estabilidad del sistema bancario de Europa, según la propia estimación del FMI, requerirá al menos que un tercio de los bancos de Europa cierren o se fusionen. En el caso del Deutsche Bank, los especuladores de mercado ya parecen estar esperando una fusión, como con el Commerzbank, otra institución alemana.

Ahora bien, si una fusión de este tipo va a ser el primer paso hacia la consolidación del sector bancario europeo y un fortalecimiento de la UE, debería ser un asunto transfronterizo, que junte al Deutsche Bank con una institución financiera francesa y/o italiana de relevancia. Una estrategia de esta naturaleza podría ser un punto de inflexión en términos de la credibilidad política de la UE, tal vez lo más crucial para mantener vivo el sueño de la UE.

Una fusión bancaria transfronteriza en Europa tendría varios beneficios. Como en cualquier fusión, consolidar bancos débiles y de bajo rendimiento les permitiría fortalecer sus balances y reestructurar préstamos con saldo en mora -que, se calcula, ascienden a 1 billón de euros (1,1 billón de dólares), aproximadamente tres veces más que cualquier otra jurisdicción global-, beneficiando así a la economía en general.

Sin embargo, una fusión transfronteriza que cree una suerte de súper banco europeo sería aún más efectiva para enfrentar desafíos operativos perennes (en particular, liquidez y capital). Más importante, este tipo de reestructuración financiera abriría canales de crédito que son vitales para financiar la inversión e impulsar el crecimiento económico.

Una fusión transfronteriza europea también le daría a una región clave de la economía mundial un banco que sería proporcional a su importancia global. Un líder bancario europeo sería mucho más competitivo globalmente y le haría frente a la fuerza de los bancos dominantes de Estados Unidos.

Crear una institución de estas características es particularmente urgente hoy, considerando que muchos países en todo el mundo parecen rechazar cada vez más la apertura económica a favor de políticas más proteccionistas y de una regulación balcanizada. En un mundo más fragmentado y menos globalizado, donde los flujos de capital transfronterizos están decayendo -el año pasado, informa el Instituto de Finanzas Internacionales, los flujos netos de capital para los mercados emergentes fueron negativos por primera vez desde 1988-, la infraestructura bancaria de Europa necesitará ser más amplia y más profunda para prosperar.

La tercera razón -y tal vez la más importante- por la cual las fusiones transfronterizas podrían ser la clave para salvar al sector bancario de Europa es que les indicarían a los participantes del mercado y a los ciudadanos europeos por igual que los líderes políticos están comprometidos con la integración europea. Una vez más, el telón de fondo político y económico agudiza la urgencia de una medida de este tipo. El progreso hacia una integración fiscal se ha detenido. Las agendas nacionales muchas veces se impusieron a la cooperación. Y el Reino Unido está listo para empezar a negociar directamente su salida de la UE -una decisión que, con razón, puede considerarse una crítica del actual modelo de integración de Europa.  

Desde la perspectiva de los mercados financieros y de los inversores, una fusión transfronteriza sería vista con optimismo e impulsaría la confianza. Hasta para los ciudadanos comunes, cualquier indicio de que la UE no va a desmoronarse conllevaría beneficios importantes y ofrecería cierta apariencia de seguridad en un entorno sumamente incierto.

Sin duda, una fusión transfronteriza es una propuesta radical. La cuota de voluntad política que requeriría no será fácil de conseguir.

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Pero ninguna jugada audaz es obvia. La verdad es que, sin una evidencia creíble y transparente de lazos más profundos -no sólo en cuestiones fiscales, sino también en los negocios y las finanzas (la columna vertebral de una economía moderna)-, la UE seguirá siendo una colección de países conectados sin firmeza y no particularmente creíbles. Como hemos visto en los últimos años, un acuerdo de este tipo no resolverá las aflicciones económicas de esos países.

Se podría decir que ahora no es el momento de presionar por una mayor integración. La situación es demasiado frágil y la oposición popular, demasiado fuerte. Si el crecimiento inclusive fuera regular, podrían decir los escépticos, el contexto político sería mucho más propicio. Pero la estructura desarticulada actual de la UE no resistirá. Si no se toman medidas sólidas pronto, las grietas no harán más que agrandarse, generando una discordancia política cada vez más poderosa y, en definitiva, condenando todo el proyecto europeo al fracaso.