La democracia desconectada

Algo le ha pasado a la democracia, entendida como un gobierno de elección popular, y ese algo ha ocurrido en todo el planeta. Por alguna razón la gente ha perdido la fe en las elecciones.

La participación en los comicios está disminuyendo en muchos países; en el caso de las elecciones al Parlamento Europeo, el nivel es tan risiblemente bajo que pone en cuestión la legitimidad del resultado. Pero, independientemente de la participación, nos hemos acostumbrado a aceptar que los partidos o candidatos que reciben el 25% del voto popular son los "ganadores". De Holanda a Finlandia, pasando por la Argentina y Japón, los gobiernos se forman con un apoyo minoritario.

Las aparentes excepciones no prueban lo contrario. Pocos presidentes estadounidenses han tenido el apoyo de mucho más del 10% de las personas con capacidad de voto, la mitad de las cuales ni siquiera se ha inscrito para votar y, de quienes sí lo han hecho, la mitad no vota; de aquéllos que votan, menos de la mitad lo hace por el candidato ganador. Incluso la "abrumadora" mayoría de Tony Blair en la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña se apoya en terreno inestable: los laboristas recibieron sólo un poco más del 40% de los votos en las elecciones de 2002, que tuvieron un 60% de participación. De modo que sólo el 24% del total del electorado apoyó al partido de Blair.

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