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Salvar la democracia liberal

LONDRES – Soy parte de una generación afortunada. Nacido en el Reino Unido en 1944, hacia el final de una guerra mundial que mató entre 70 y 85 millones de personas, no sufrí bombardeos ni tuve que combatir en ningún campo de batalla.

Crecí en un país y en un continente que estaban en paz, y que podían por tanto disfrutar los beneficios económicos de una cooperación transfronteriza nunca antes vista. Occidente rechazó la amenaza militar de la Unión Soviética sin guerras, lo que liberó a su imperio europeo para que pudiera unirse al resto de un continente libre.

En particular, Europa y otras partes del mundo contaron con el liderazgo de un Estados Unidos económica y militarmente poderoso. Y su poder duro no era tan importante como el poder de las ideas que abrazó, ejemplificó y exportó. Estados Unidos no fue perfecto, y cometió errores. Pero en general, dio un extraordinario ejemplo de generosidad y demostró las posibilidades ilimitadas de la libertad ordenada.

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