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Rescatando al general Petraeus

PRINCETON – En menos de una semana, Estados Unidos pasó del entusiasmo a la vergüenza, de una elección presidencial a un escándalo de sexo y política. Para muchos estadounidenses, la elección fue una demostración de las bondades del país, y lo que le siguió fue el proceso tristemente familiar de bajar a un héroe de su pedestal. Fuera de Estados Unidos, así como muchos celebraron y se tranquilizaron con la victoria de Barack Obama, muchos creen que la renuncia de David Petraeus al puesto de director de la CIA es para el país un perjuicio que podría evitarse.

Pero en realidad, tanto la elección como la renuncia de Petraeus son ejemplos de una misma gran idea: la de una nación que mantiene su palabra.

Para muchos estadounidenses, la elección fue un recordatorio de que Estados Unidos es un país que ha asumido un compromiso con el progreso, con ir en pos de una visión ideal, y que es capaz de cumplir esa promesa. Obama ganó con el apoyo de una coalición de minorías (la afroamericana, la latina, la asiática, la musulmana y la homosexual) y con el de una mayoría infrarrepresentada (las mujeres), personas todas estas que coinciden en percibir en el país desigualdades e injusticias pendientes que hay que solucionar. Pero la victoria es de todos los que creen que Estados Unidos realmente está entregado a la búsqueda de “igual justicia bajo la ley”, las palabras inscritas en el frontis de la sede de la Corte Suprema.

La elección de un presidente afroamericano, menos de medio siglo después de que cesara la segregación racial oficial en gran parte del país, representa para estos estadounidenses el triunfo de los valores consagrados en la Constitución de los Estados Unidos por encima de la herencia de prejuicios sociales, políticos y económicos que arrastra el país. Ven a un presidente comprometido con el progreso de todos los estadounidenses, de cualquier raza, género, credo, origen étnico, orientación sexual, capacidad física y mental o situación económica.