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Una clase aparte

PRINCETON – Los muy ricos, según la célebre definición que dio de ellos F. Scott Fitzgerald, “son diferentes de ti y de mí”. Su riqueza los hace “cínicos, mientras que nosotros somos confiados”,  y les hace pensar que “son mejores que nosotros”. Si estas palabras parecen ciertas en la actualidad, tal vez sea porque, cuando se escribieron, en 1926, la desigualdad en los Estados Unidos había alcanzado niveles comparables a los actuales.

Durante gran parte del período intermedio, entre el fin de la segunda guerra mundial y el decenio de 1980, la desigualdad en los países avanzados fue moderada. El desfase entre los más ricos y el resto de la sociedad parecía menos colosal, no sólo en cuanto a renta y riqueza, sino también en cuanto a apegos y propósito social. Desde luego, los ricos tenían más dinero, pero en cierto modo seguían pareciendo parte de la misma sociedad que los pobres y reconocían que la geografía y la ciudadanía les hacían compartir un destino común.

Como señala Mark Mizruchi, de la Universidad de Michigan, en un libro reciente, la minoría empresarial selecta americana de la posguerra tenía “una ética de la responsabilidad cívica y un interés personal ilustrado”. Cooperaban con los sindicatos y eran partidarios de un papel fuerte del Estado en la reglamentación y la estabilización de los mercados. Entendían la necesidad de los impuestos para sufragar importantes bienes públicos, como, por ejemplo, las autopistas interestatales y las redes de seguridad para los pobres y los ancianos.

En aquella época las minorías selectas de los negocios no eran menos poderosas políticamente, pero utilizaban su influencia para sacar adelante un programa que en líneas generales redundaba en provecho de la nación.