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Democracia dañada

Nueva York – Incluso antes de que el Líder Supremo, Ayatolá Alí Jamenei, decidiera echar por la borda la poca legitimidad que le quedaba a la "democracia administrada" de Irán, ya era de hecho un sistema bastante peculiar. Aunque los ciudadanos iraníes tenían derecho a elegir a su presidente, los candidatos debían ser autorizados por el Consejo de Guardianes, la mitad de cuyos miembros habían sido designados por un Líder Supremo a quien nadie había elegido.

Los únicos candidatos a los que se les permitía competir eran hombres con impecables antecedentes religiosos, leales a un régimen cuyas decisiones más importantes son tomadas por clérigos no electos. Mir-Hossein Musaví, escogido por el difunto Ayatolá Jomeini para ser primer ministro en 1981, era una figura con estas características.

Musaví se presentó como un reformista que prometía esforzarse por lograr una mayor libertad de prensa, más derechos para las mujeres y menos restricciones en la vida privada de los iraníes. También dio señales de una mayor flexibilidad en las negociaciones con Estados Unidos.

Sin embargo, la derrota de Musaví por parte del partidario de la línea dura Mahmoud Ahmadinejad, en lo que parece haber sido un proceso electoral fraudulento, fue saludada con alivio por algunos neoconservadores estadounidenses. Un destacado comentarista, Max Boot, manifestó "un pequeño nivel de satisfacción por el resultado de las elecciones iraníes", porque a Obama ahora le resultará más difícil interponerse en el camino de un ataque israelí a las instalaciones nucleares iraníes. Puesto que Irán es el enemigo (¿recordáis el “Eje del Mal” de George W. Bush?), es mejor tener que vérselas con un presidente que habla y actúa como un matón loco que con una figura de tono razonable que promete reformas.