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Cultivar energía

Desde el cambio climático hasta la volatilidad de los precios del petróleo, todo indica que hay en gestación una crisis energética global. Enfrentar este creciente reto significa que la humanidad ya no se puede permitir no aprovechar el recurso inextinguible que se encuentra en el material orgánico que, día a día, el sol genera a través de la fotosíntesis. La energía solar permite que las plantas absorban gas carbónico y produzcan no sólo oxígeno, sino también materia que el reino animal utiliza como alimento y que nuestras máquinas pueden usar para producir energía.

Desde el Neolítico (o Edad de Piedra tardía), los seres humanos han estado cultivando esta "biomasa" para alimentarse. Sin embargo, incluso en el mundo actual, se presta poca atención a su potencial energético. Comenzando con la revolución industrial, los seres humanos buscaron energía en el carbón, y más tarde en el petróleo y el gas natural, pero esto lleva al agotamiento de recursos no renovables.

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Las alternativas actuales para diversificar la producción de energía son limitadas. La energía nuclear presenta varias desventajas, debido a reservas acerca de la seguridad y la eliminación de los desechos radiactivos. La energía hidroeléctrica ya se usa ampliamente, mientras que las energías eólica y solar son estructuralmente dispersas y están disponibles de manera desigual.

Por otra parte, la biomasa tiene varias ventajas. Existe en abundancia y está disponible en todo el mundo. Más aún, desde hace mucho que se domina la tecnología necesaria para convertirla en energía, como la quema de alto rendimiento, la conversión a gas y la licuefacción a combustible sintético. Todas estas técnicas fueron muy usadas durante la Segunda Guerra Mundial, y desde entonces se han perfeccionado considerablemente.

Sin embargo, la energía de biomasa es víctima de la competencia injusta de los combustibles fósiles. El precio del petróleo refleja sus costes de extracción, refinamiento y distribución, pero no los de la creación de la materia prima. Para producir un litro de petróleo son necesarios millones de años y 200 toneladas de materia vegetal, mientras que para producir combustible sintético son necesarios apenas 15 kilogramos.

Tras el festín del petróleo, con precios por debajo de los $20 por barril, decayó el interés en desarrollar energía a partir de la biomasa, que quedó relegada sólo a los militantes "verdes" o a los interesados en las ciencias básicas. No obstante, el potencial es inmenso. La biomasa del planeta (bosques, praderas, sabanas y campos de cultivo) compone un capital productivo que genera un 10% de "retorno" cada año. Como una batería que se agota y luego se recarga con el sol, este recurso se puede renovar indefinidamente, en tanto se gestione de manera adecuada. Se estima que el retorno anual de este capital es actualmente 60 mil millones de toneladas y, sin embargo, sólo dos mil millones de toneladas se consumen para fines alimentarios y 10 mil millones para energía.

Aumentar el uso responsable de esta fuente de energía contribuiría a la lucha contra el cambio climático, al reducir el nivel de carbono en la atmósfera y disminuir la cantidad de combustible fósil necesario para producir energía. Más aún, su abundancia en los países del sur promete facilitar su desarrollo económico. Considerada hasta hoy la "energía de los pobres", la biomasa se podría convertir en fuente de riqueza si se cultiva y maneja con el apoyo de la comunidad internacional.

De este modo, se podrían desarrollar "cultivos energéticos" para producir biocombustible. Los residuos de las actividades forestales, agrícolas y agroindustriales se podrían reunir y convertir. Por ejemplo, en teoría las seis millones de toneladas de basura producidas anualmente por Níger se podrían usar para satisfacer todas las necesidades de energía de ese país.

Sin embargo, es cierto que en muchos lugares los cultivos de materias primas energéticas competirían con los destinados a la alimentación. Las estimaciones de largo plazo proyectan que, en un horizonte de 50 años, la mayor parte de las tierras cultivables del planeta se tendrían que utilizar para alimentar a su población y para conservar los bosques. En consecuencia, puede que las áreas destinadas a la producción de energía, particularmente de combustible biológico, no alcancen el nivel deseable. No obstante, aunque tal competencia revelaría nuevos tipos de escasez global, también generaría precios más altos, estimulando con ellos a los productores a aumentar el rendimiento y la productividad.

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En conclusión, si bien cultivar energía crearía nuevos limitantes, también abriría nuevas posibilidades para muchos actores económicos. El agricultor y el trabajador forestal participarían más del mercado, el ingeniero en minas podría comenzar a interesarse en los campos de cultivos, el banquero en las acciones relacionadas con estos recursos, etc. Sin embargo, para poder prepararnos para un aumento importante del cultivo de recursos energéticos es necesario implementar nuevas políticas tanto en los países del norte como del sur, en términos de agricultura, manejo del agua y la tierra, protección de la biodiversidad, impuestos a los combustibles, e información y creación de conciencia sobre el tema.

Los antiguos egipcios e incas practicaban una religión centrada en el Sol, considerándolo el comienzo de toda la vida existente en la Tierra. La ciencia ha demostrado que es así. Hoy, cuando es más importante que nunca que utilicemos recursos renovables, deberíamos usar al Sol para cultivar nuestra energía, del mismo modo como nuestros ancestros lo usaron para cultivar su alimento.