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Crimen y castigo, en versión de refugiados

El horrible asesinato de Giovanna Reggiani, ocurrido cerca de un campo de refugiados en el suburbio de Tor di Quinto en Roma, causó impacto tanto en Italia como en Rumania. El caso adquirió mayor importancia porque echa leña al fuego del fiero debate público que hoy existe -no sólo en Italia, sino en toda Europa- acerca del estado de los refugiados y los residentes extranjeros.

Algunos italianos respondieron violentamente; algunos políticos italianos y rumanos, ansiosos por ofrecer soluciones rápidas y severas, hicieron declaraciones escandalosas en las que resonaban los eslóganes xenofóbicos y totalitarios del pasado. Estamos encontrando, no sin ironía, un tipo de inversión grotesca del "orgullo nacional" que se ve cuando el estado se apropia de estrellas culturales y deportivas, presentándolas como parte del patrimonio colectivo.

Aunque el asesinato fue un crimen individual, abordar la tragedia de un crimen mediante medidas que se centran en toda una minoría es irresponsable y tendrá serias consecuencias morales y sociales, no sólo para quienes sean castigados injustamente sino también para los castigadores. Después de todo, ninguna minoría es homogénea, lo que quedó demostrado por el hecho de que la persona que alertó a la policía era compatriota del asesino y procedía al mismo campo de refugiados.

El castigo colectivo también significa no sólo un tipo de amnesia por parte de los italianos y rumanos acerca de lo que ocurrió bajo el fascismo, el nazismo y el comunismo, sino también de sus propias historias nacionales. Después de todo, los italianos migraron no sólo del sur al norte de Italia, sino también a otros países en busca de una mejor vida. Ellos también saben lo que es ser un refugiado, un exiliado, un extranjero.