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¿Estancamiento secular o malestar autoinfligido?

MÚNICH – Hace casi exactamente ocho años, el colapso de Lehman Brothers sumió a la economía mundial en una recesión. El mercado interbancario se derrumbó, y todo el mundo industrializado se sumergió en la peor crisis desde el final de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que los bancos centrales han mantenido tasas de interés extremadamente bajas, aún no se ha superado completamente la crisis. Por el contrario, numerosas economías, como ser las de los países del sur de Europa y Francia, simplemente no están logrando ningún avance. Y, Japón ha estado en la cuerda floja durante ya un cuarto de siglo.

Algunos economistas creen que esto es una prueba que evidencia el “estancamiento secular”, un fenómeno descrito en el año 1938 por el economista estadounidense Alvin Hansen, quien se basó en la Ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia de Karl Marx. Debido al agotamiento gradual de los proyectos de inversión rentables, de acuerdo con este punto de vista, la tasa natural de interés continúa  disminuyendo. Por lo tanto, la estabilización de la economía sólo es posible mediante una disminución equivalente en las tasas de interés de política monetaria.

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En vista de la enorme burbuja de crédito que precedió a la crisis en Japón, Estados Unidos y el sur de Europa, y las agresivas políticas llevadas a cabo por los bancos centrales en los últimos años, tengo mis dudas sobre que esta teoría esté correcta. De hecho, me parece plausible que un mecanismo muy diferente se encuentra detrás del estancamiento posterior a la crisis del año 2008, denomino a dicho mecanismo como el “malestar autoinfligido”.

Esta hipótesis se entiende mejor en el contexto de la teoría del ciclo económico del economista Joseph Schumpeter. Las falsas expectativas por parte de los participantes en el mercado regularmente causan burbujas de crédito y de precios de activos. Los inversores, que esperan que los precios e ingresos aumenten, compran propiedades residenciales y comerciales, y también se arriesgan a iniciar nuevos proyectos empresariales. Los precios de los bienes raíces comienzan a elevarse, se produce un auge de la construcción, y se inicia una nueva fase de rápida expansión, misma que se ve sostenida, en parte, por la revitalización de la economía nacional, que incluye la revitalización del sector de los servicios. El crecimiento de los ingresos enfervoriza cada vez más a los prestatarios, lo que a su vez calienta aún más las cosas.

Posteriormente, la burbuja estalla. La inversión colapsa y los precios de los bienes raíces caen; las empresas y los bancos entran en quiebra; las fábricas y los edificios de viviendas queden vacantes; y los empleados son despedidos. Una vez que los precios y los salarios han caído, nuevos inversores llegan al mercado para intervenir con nuevas ideas de negocios y establecen nuevas empresas. Después de esta “destrucción creativa”, se estable una nueva fase de rápida expansión.

En la crisis actual, sin embargo, la política monetaria adelantó la destrucción creativa que podría haber servido de base para una nueva fase de expansión del crecimiento. Quienes tenían activos en su poder convencieron a los bancos centrales para que crean que el ciclo económico de Schumpeter podía superarse mediante la compra de bonos a gran escala financiada mediante la impresión de dinero y la correspondiente reducción de tasas de interés.

Sin duda, estas medidas detuvieron, a medias, la caída de los precios de los activos; y, por lo tanto, salvaron mucha riqueza. Sin embargo, también impidieron que una cantidad suficiente de jóvenes  emprendedores e inversores se arriesguen a un nuevo comienzo. Por el contrario, las empresas establecidas no fueron desplazadas, manteniéndose a flote, mas sin embargo quedaron carentes de los medios necesarios para realizar nuevas inversiones. En Japón y Europa, en especial, un gran número de estos bancos y empresas zombi sobrevivieron, y ahora están bloqueando a posibles competidores capaces de impulsar la próxima expansión del crecimiento. La osificación económica resultante se parece al estancamiento secular que Hansen describió; de hecho, es un malestar autoinfligido.

Y, debido a que las bajas tasas de interés han reducido las ganancias de los administradores de activos, algunos bancos centrales – y el Banco Central Europeo, en particular – se han basado en  sucesivos recortes de tasas de interés en un esfuerzo para diseñar ganancias de valor substituto para los activos. Por lo tanto, la economía de esta forma se vio atrapada en una trampa, lo que obligó al BCE a llevar a cabo medidas de política monetaria cada vez más radicales. Su actual programa de flexibilización cuantitativa está destinado a duplicar la cantidad de dinero en un período muy corto. Se están alistando otras armas, como ser tasas de interés nominales que sucesivamente se tornan más negativas o el llamado dinero helicóptero.

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La única forma de salir de esta trampa es una fuerte dosis de destrucción creativa, misma que en Europa tendría que ir acompañada de un alivio de la deuda y de salidas de la eurozona, acompañadas, a su vez, por devaluaciones posteriores de las monedas. El shock sería doloroso para los actuales propietarios de la riqueza, pero, después de una rápida disminución de los valores en dólares de los precios de los activos, incluidos los valores de los proyectos de inversión en terrenos y bienes inmuebles, muy pronto nuevos negocios e inversiones tendrían espacio para crecer, y se crearían nuevos puestos de trabajo. El retorno natural sobre la inversión una vez más sería alto, lo que significa que la economía podría expandirse, una vez más, a tasas de interés normales. Cuanto antes se permita llevar a cabo esta purga, más leve será la misma; y, más pronto llegará el momento en que los europeos y otros puedan, otra vez, respirar tranquilos.

Traducción del inglés de Rocío Barrientos.