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La trampa de la impunidad

NUEVA YORK – El nuestro es un mundo de impunidad. Las acusaciones de corrupción rodearon a la FIFA durante decenios y han acabado en procesamientos en masa de funcionarios suyos la semana pasada. Sin embargo, el Presidente de la FIFA, Sep Blatter, fue reelegido en cuatro ocasiones, incluso después de que se formularan dichos procesamientos. Sí, Blatter ha dimitido por fin, pero sólo después de que él y docenas de miembros de la Federación mostraran una vez más su desdén a la honradez y a la ley.

Vemos esa clase de comportamiento por todo el mundo. Pensemos en Wall Street. En 2013 y 2014, JPMorgan Chase pagó más de veinte millones de dólares en multas por infracciones financieras; sin embargo, el director gerente se llevó a su casa 20.000 millones de dólares de retribución en 2014 y 2015. O pensemos en los escándalos de corrupción en el Brasil, España y muchos otros países, en los que los gobiernos siguen en el poder aun después de que se haya revelado un gran nivel de corrupción dentro del partido gobernante.

La capacidad de quienes ejercen un gran poder público y privado para violar la ley y las normas éticas a fin de lucrarse es una de las más flagrantes manifestaciones de desigualdad. Los pobres reciben sentencias a cadena perpetua, mientras que los banqueros que afanan al público miles de millones reciben invitaciones a las cenas de Estado en la Casa Blanca. Una famosa tonadilla de la Inglaterra medieval muestra que no se trata de un fenómeno nuevo:

                                   La ley encierra al hombre o la mujer