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La contención empieza en casa

NUEVA YORK – A mediados de julio, Muhammad Youssef Abdulazeez, un ciudadano estadounidense de 24 años de edad con ascendencia árabe, abrió fuego en dos centros militares en Chattanooga (Tennessee, EE. UU.) y mató a cinco personas. Además de horrorizar a los vecinos de esta ciudad, este acto adquirió relevancia nacional, ya que dio la razón al fallecido diplomático y estratega estadounidense George F. Kennan, cuando advertía que los encargados de la política exterior de su país debían sofrenar su tendencia a actuar apresuradamente (especialmente en forma militar). Según Kennan, uno nunca sabe cuándo vendrá el contragolpe, pero llegará.

De hecho, a Kennan le preocupaban las consecuencias imprevisibles de las embestidas de Estados Unidos sobre Afganistán en 2001 y sobre Irak dos años después. A fin de cuentas, no era coincidencia que muchos de los enemigos de Estados Unidos en Afganistán (incluido el mismo Osama bin Laden) hubieran tenido vínculos con los muyahidines, las unidades guerrilleras de combatientes musulmanes entrenadas por fuerzas estadounidenses para actuar como insurgentes durante la ocupación soviética de 1979 a 1989. Asimismo, Estados Unidos dio armas al Irak de Saddam Hussein para la guerra con Irán en los ochenta.

Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los estadounidenses se preguntaron “¿por qué nos odian?”. Pero a pesar de que desde entonces Estados Unidos no sufrió ningún ataque en su territorio, el gobierno del ex presidente George W. Bush se dedicó casi sin impedimentos a destruir dos países musulmanes, y la devastación continuó después del mandato de Bush con una campaña cada vez más intensa de bombardeos con drones.

Estas políticas acercaron a Afganistán al abismo de la disolución y dejaron a Estado Islámico vía libre para capturar más de un tercio del territorio iraquí. El malestar que provocó en esos países y en todo el mundo musulmán se trasladó con fuerza creciente a Europa, y ahora comienza a sentirse también en Estados Unidos.