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Contención, no apaciguamiento

Estados Unidos y el mundo centran su atención en estos días en si el gobierno de Bush adoptará las recomendaciones del Grupo de Estudio sobre Irak para llevar a cabo una estrategia de salida de este país. Esa es la pregunta más inmediata y urgente, pero los gobernantes estadounidenses también deberían pensar con la mente puesta en el futuro. Estados Unidos necesita una estrategia post-ocupación para Irak y el Oriente Próximo que se base en una estrategia de seguridad nacional viable para el siglo veintiuno. Esa estrategia es la contención.

En los preparativos para la invasión de Irak, la administración Bush rechazó la contención como una rémora obsoleta de la Guerra Fría. Los inspectores de armas fueron retirados del país, y Estados Unidos optó por una guerra preventiva. Se presentó a Bush como alguien que había derrocado a un nuevo Hitler tan resuelto como Churchill, y los partidarios de la contención fueron acusados de contemporización. Sin embargo, hoy sabemos que el régimen de contención sí funcionó. El Irak de Saddam Hussein no estaba en condiciones de representar una amenaza para nadie, y mucho menos para los Estados Unidos.

Esta no es la primera vez que la contención -estrategia ideada por George Kennan, director del Equipo de Planeamiento de Políticas del Departamento de Estado de EE.UU. durante el gobierno del Presidente Harry Truman, en respuesta a la amenaza soviética tras la Segunda Guerra Mundial- es rechazada como "apaciguamiento".

En la campaña presidencial de 1952, Dwight Eisenhower y su futuro secretario de estado, John Foster Dulles, manifestaron su desdén por la contención, llamando en su lugar a una “retroceso" de los soviéticos de Europa del Este. Afortunadamente, una vez en el gobierno la administración Eisenhower tuvo el sentido común de seguir una política de contención en Europa, que hoy tiene el crédito de haber ganado la Guerra Fría. La insistencia del presidente John F. Kennedy a pesar de muchos consejos en contra, en seguir esta estrategia durante la crisis de los misiles en Cuba salvó al mundo de una guerra nuclear. Fue una firmeza bien calculada, no apaciguamiento.