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La guerra infinita del Congo

HARARE – Hace un tiempo, el jefe del organismo de las Naciones Unidas para los refugiados, Antonio Guterres, dijo de la República Democrática del Congo: “Nadie en el mundo exterior se siente amenazado por ella y ésa es la razón por la que la comunidad internacional no le presta atención”.

Ya no es así: actualmente, la provincia oriental del Congo, Kivu Septentrional, figura en los titulares casi todos los días. El pasado mes de agosto, volvieron a estallar los combates al norte de la capital de la provincia, Goma, y provocaron una importante crisis en materia de asuntos humanitarios para la que no se ve fin a corto plazo.

Como la guerra civil de ocho años (en lo que entonces se llamaba Zaire) que se acabó –nominalmente– en 2002, en los combates actuales participan muchos grupos locales diferentes: no sólo las fuerzas del Gobierno del Congo, que se oponen a los insurgentes leales al general tutsi Laurent Nkunda, sino también los rebeldes hutus de Ruanda, responsables del genocidio cometido en este país en el decenio de 1990, y una fuerza de la jungla, conocida como las milicias “Mai-Mai”. “Es una cesta de cangrejos”, me dijo un amigo congolés.

Como siempre, las víctimas principales son civiles atrapados en medio de los combates. La reanudación de los combates, que se produce ocho meses después de una prometedora iniciativa de paz conocida como “Acuerdo de Goma”, significa más muertes de civiles y pocas probabilidades de que la normalidad regrese a la zona oriental del Congo.