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La eterna agonía de Colombia

Colombia está en mejor estado que en muchos años, gracias en gran parte a la conducción del Presidente Álvaro Uribe, pero sigue siendo un lugar lleno de paradojas que enfrenta retos extraños y difíciles. Las guerrillas de la FARC han mantenido por años como rehenes a las víctimas de sus secuestros. Todavía hay niños soldados en los grupos paramilitares, y existen comprometedoras grabaciones de video en las que participan importantes políticos colombianos y poderosos narcotraficantes. Quizás lo más increíble de todo es que hay miembros de guerrillas que se niegan a salir de prisión y un gobierno que insiste en liberarlos contra su voluntad.

Hace algo más de un año Uribe fue reelecto por una abrumadora mayoría que fue testimonio de su popularidad y de la eficacia de la política de "seguridad democrática" de combatir tanto a las guerrillas como a la violencia generalizada del país. El más antiguo sistema bipartidista de América Latina resultó afectado en esas elecciones, ya que el candidato de Polo Democrático ganó más votos que su contendor del Partido Liberal, dando por fin expresión electoral a las fuerzas de izquierda, que nunca habían podido ver más potencial de cambio en las urnas que en la lucha en las montañas.

Habían llegado a su fin las negociaciones del Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos. Incluso el cuestionable trato al que Uribe llegó con los grupos paramilitares de derecha de las AUC, perdonando a hasta 30.000 de sus miembros sus horrendos crímenes a cambio de que se desarmen, parecía haber tenido éxito. Con Uribe al mando, Colombia parecía avanzar.

Sin embargo, gran parte de este éxito se ha venido abajo desde entonces, y tanto Colombia como Uribe se ven hoy en serios problemas. Los así llamados escándalos de la parapolítica han significado un duro golpe para su gobierno, haciendo que algunos miembros de su gabinete se vean obligados a renunciar y avergonzando a otros, entre ellos el presidente mismo. Las fotografías, videos y grabaciones de audio de políticos y jefes paramilitares (incluido uno que se jacta de haber matado personalmente a más de 300 de sus enemigos) han desacreditado a una elite política que, si bien nunca fue popular, ahora ve confirmada de manera gráfica las sospechas que muchos tenían de ella.