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Cómo cerrar la brecha tecnológica entre EEUU y Europa

En la segunda mitad de la década de los 90, el crecimiento promedio anual de la tasa de productividad de Europa llegó al 0,7%, mientras que en EEUU se acercaba al 1,4%. Sin embargo, si distinguimos entre las industrias que producen tecnologías de la información y comunicaciones (ICT, por sus siglas en inglés) y aquellas que son simples usuarias de tales tecnologías, podremos ver que la brecha del crecimiento de la productividad radica casi completamente en la débil productividad del sector de ICT europeo. El crecimiento de la productividad anual en sectores que son usuarios de las tecnologías de ICT promedió el 0,63% en EEUU entre 1995 y 2000, y en Europa fue un muy similar 0,41%.

Esto confirma un hecho bien conocido: Europa es menos eficiente que EEUU en producir investigación que lleve a la generación de innovaciones: ya sea porque Europa destina menos recursos a la investigación, o porque los recursos disponibles se utilizan de manera menos eficiente, o ambas cosas.

Es cierto que el gasto total en investigación y desarrollo es menor en Europa que en EEUU, pero la diferencia no es muy grande. En los años 90, EEUU dedicó anualmente un 2,8% del PGB a investigación y desarrollo, en comparación con el 2,3% de Alemania, el 2 % del Reino Unido y el 1,9% de Francia. Aún así, es característico de los gobiernos europeos el quejarse de la falta de recursos fiscales para apoyar la investigación y el desarrollo (un argumento poco creíble, dada la minúscula parte destinada a investigación en los sobredimensionados presupuestos europeos) y, siempre que la Comisión Europea se los permite, subsidian a las firmas innovadoras o a las que piensan que es más probable que inviertan en investigación y desarrollo.

Francia e Italia, por ejemplo, exigieron que los límites impuestos a los déficits presupuestarios sobre los miembros de la eurozona por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento excluyeran el gasto público destinado a investigación. De manera similar, el gobierno francés decidió apoyar financieramente a Alstom (una compañía que ha desarrollado una cierta cantidad de productos de alta tecnología, entre ellos el TGV, el tren rápido francés) antes de que cayera en la bancarrota.