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La tragedia del cambio climático

NUEVA YORK – «¡Cuán terrible es ser sabio cuando la sabiduría no reporta provecho a quien la tiene!» se lamenta el profeta ciego Tiresias en el Edipo Rey de Sófocles. Edipo lo había convocado para que le revelara la fuente de la pestilencia y el desastre ecológico que hacían estragos en Tebas, pero Tiresias sabía que el rey rechazaría la verdad. Los climatólogos y epidemiólogos pueden sentirse identificados.

Al igual que Tiresias, los científicos modernos saben qué rumbo sigue el planeta y por qué. No lo descubrieron a través de profecías, sino de innumerables experimentos «doble ciegos», pruebas aleatorizadas y rigurosas revisiones de pares. Su evidencia es irrefutable y el consenso entre ellos, abrumador; pero su augurio secular parece incapaz de superar la obstinada indiferencia de los políticos y el público. La sabiduría no les reporta provecho, porque son muy pocos quienes los escuchan.

Si existe una manera en que los científicos pueden llegar a la gente y sus líderes, la clave no reside en cambiar el contenido del mensaje, sino su forma. El idioma de la ciencia fue diseñado para ser desapasionado. Por el contrario, las múltiples crisis que enfrenta el planeta son urgentes e intensas, y en las decisiones colectivas e individuales que las impulsan hay importantes componentes emocionales y éticos en juego. Una virulenta pandemia acabó con las vidas de tres millones de personas, la Tierra está en trance de una sexta extinción masiva y los problemas van camino a aumentar.

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