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Poner fin a la parálisis ambiental en Europa

LONDRES – Europa tiene una firme tradición de líder en la lucha contra el cambio climático. Últimamente, sin embargo, el continente ha llegado a un bloqueo ideológico sobre cómo abordar el problema, pues frecuentemente se considera que la sostenibilidad del ambiente y el crecimiento son mutuamente excluyentes. Si Europa desea seguir siendo un líder en cuestiones ambientales y un centro de innovación y competitividad, tendrá que abandonar su rigidez ideológica y adoptar soluciones realistas y pragmáticas que puedan generar beneficios ambientales sin sacrificar el desarrollo económico.

Los desafíos que plantea el cambio climático son reales y no se pueden ignorar las consecuencias del inmovilismo. Al mismo tiempo, hay una creciente demanda de energía y una necesidad urgente de encontrar una salida a largo plazo de la actual crisis económica. No hay una solución única y fácil para estos dos imperativos. Controlar el calentamiento global y asegurar el crecimiento económico exigirá una serie equilibrada de medidas, incluidas la energía renovable y el aumento de la eficiencia energética. Entre esas soluciones, es esencial la captura y almacenamiento de carbono (CCS por sus siglas en inglés).

La tecnología de la CSS captura el dióxido de carbono en la fuente donde se emite, lo comprime y lo almacena de forma permanente bajo tierra. De ese modo crea un puente importante entre nuestra economía moderna que depende en gran medida de los combustibles fósiles intensivos en carbono y un futuro en el que las emisiones de CO2 se reduzcan de manera sustancial. Esto ofrece los medios para mantener un sector industrial competitivo y combatir el calentamiento global al mismo tiempo.

Naturalmente, como en el caso de cualquier innovación, hay dudas sobre la viabilidad de la tecnología. Algunos cuestionan la magnitud de las inversiones necesarias para instalar y mantener los sistemas de captura y almacenamiento de CO2. No obstante, cabe señalar que esos costos son muy inferiores en comparación con los gastos mucho mayores que supone la reducción de emisiones de CO2 sin CCS. Por ejemplo, según la Agencia Internacional de la Energía, una demora de diez años en la aplicación de la CCS aumentaría los costos de descarburación del sector de la energía en 750 mil millones de euros (880 mil millones de dólares).