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¿La ética se puede enseñar?

MELBOURNE – ¿Una clase de filosofía –más específicamente, una clase de ética práctica- puede llevar a los alumnos a actuar más éticamente?

Los profesores de ética práctica tienen un interés obvio en la respuesta a esta pregunta. La respuesta también debería importarles a los estudiantes que consideran tomar un curso de ética práctica. Pero el interrogante también tiene un significado filosófico más amplio, porque la respuesta podría arrojar luz sobre la pregunta antigua y fundamental del papel que juega la razón a la hora de formar nuestros juicios éticos y determinar lo que hacemos.   

Platón, en Fedro, utiliza la metáfora de un carro tirado por dos caballos; uno representa los impulsos racionales y morales, el otro las pasiones o los deseos irracionales. El papel del cochero es hacer que los caballos funcionen como equipo. Platón piensa que el alma debería ser una combinación de nuestras pasiones y nuestra razón, pero también deja en claro que la armonía ha de encontrarse bajo la supremacía de la razón.

En el siglo XVIII, David Hume sostenía que esta imagen de una lucha entre la razón y las pasiones es engañosa. La razón por sí sola, pensaba, no puede influir en la voluntad. La razón, escribió ilustremente, es “esclava de las pasiones”.

Hume hablaba de “pasiones” en un sentido más amplio de cómo entendemos ese término hoy. Entre lo que él llamaba pasiones está nuestro sentido de solidaridad o consideración por los demás, y nuestra preocupación por nuestros propios intereses de largo plazo. En la visión de Hume, lo que otros filósofos consideran un conflicto entre la razón y la emoción es, en realidad, un conflicto entre estas “pasiones calmas” y nuestras pasiones más violentas y muchas veces imprudentes.

Algo similar a la visión de la razón de Hume hoy se impone en la psicología contemporánea. Jonathan Haidt, autor de La hipótesis de la felicidad y La mente de los justos, utiliza una metáfora reminiscente de Platón, pero en respaldo de una visión más cercana a Hume, para ilustrar lo que él llama la perspectiva intuicionista social sobre la ética: “La mente está dividida, como un jinete montado sobre un elefante”, escribe en la primera página de La mente de los justos, “y la función del jinete consiste en servir al elefante”. El jinete, en la metáfora de Haidt, es el proceso mental que controlamos, principalmente un razonamiento consciente, y el elefante es el otro 99% de nuestros procesos mentales, esencialmente nuestras emociones e intuiciones.

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La investigación de Haidt lo ha llevado a ver el razonamiento moral esencialmente como una racionalización post hoc de nuestras respuestas automáticas e intuitivas. Como resultado de ello, escribe, “Me volví, por ende, escéptico de los abordajes directos para fomentar un comportamiento ético –particularmente, la enseñanza directa en el aula-. No podemos simplemente introducir conocimiento moral en la cabeza de nuestros alumnos, y esperar que pongan ese conocimiento en práctica cuando abandonen el aula”.

En La mente de los justos, Haidt sustenta sus opiniones en la investigación del filósofo Eric Schwitzgebel de la Universidad de California, Riverside, y Joshua Rust de la Stetson University. En un rango de cuestiones éticas, demuestran Schwitzgebel y Rust, los profesores de filosofía especializados en ética no se comportan mejor que los profesores que trabajan en otras áreas de la filosofía; tampoco son más éticos que los profesores que no se dedican en absoluto a la filosofía. Si aún los profesores que trabajan en el campo de la ética no son más éticos que sus pares en otras disciplinas, ¿acaso eso no respalda la idea de que el razonamiento ético no tiene el poder de hacer que la gente se comporte más éticamente?  

Tal vez. Sin embargo, a pesar de la evidencia, no estoy del todo convencido. He tenido mucha evidencia anecdótica de que mis clases de ética práctica les cambiaron la vida a por lo menos algunos adultos, y de maneras bastante fundamentales. Algunos se volvieron vegetarianos o veganos. Otros empezaron a donar para ayudar a la gente en condiciones de extrema pobreza en países de bajos ingresos, y unos pocos cambiaron sus planes de carrera para poder hacer más para que el mundo sea un lugar mejor.

Hace dos años, Schwitzgebel me ofreció la oportunidad de probar, más rigurosamente que nunca antes, si una clase sobre la ética de comer carne podía cambiar lo que los alumnos comen. Junto con Brad Cokelet, un profesor de filosofía de la Universidad de Kansas, hicimos un estudio en el que participaron 1.143 estudiantes de la Universidad de California, Riverside. A la mitad de los alumnos se les pidió que leyeran un artículo filosófico que defendía el vegetarianismo, seguido de una pequeña discusión grupal con la opción de mirar un video que defendía evitar la carne. La otra mitad eran un grupo de control. Recibieron materiales similares y una discusión sobre donar para ayudar a la gente pobre.

Utilizamos la información de las tarjetas del comedor del campus para averiguar qué compras de alimentos hicieron los estudiantes en los dos grupos antes y después de estas clases. Teníamos datos sobre casi 6.000 compras de comida hechas por 476 alumnos. Identificamos las compras con los estudiantes que habían, o no habían, leído y discutido la ética de comer carne, pero los datos que recibimos se mantuvieron anónimos para que no pudiéramos identificar las compras de algún estudiante en particular.

El resultado fue una caída, del 52% al 45%, en las compras de carne entre los estudiantes en el grupo de ética sobre la carne, mientras que se mantuvo una tasa menor de compras de carne durante unas semanas después de la clase. No hubo ningún cambio en el nivel de compras de carne en el grupo de las donaciones de caridad (y no tuvimos manera de descubrir si estos estudiantes donaron más o no a entidades de beneficencia).

Nuestros resultados, en esta etapa, son preliminares y todavía no han sido sometidos a una revisión de pares. Buscamos más datos sobre la importancia de mirar el video –que puede haber apelado a las emociones de los alumnos más que su razón-. No obstante, hasta donde sabemos, éste es el primer estudio correctamente controlado, en el mundo real y no en un contexto de laboratorio, del impacto de las clases de filosofía a nivel universitario en el comportamiento de los estudiantes. La caída en el consumo de carne no es dramática, pero es significativa desde un punto de vista estadístico y sugiere que, en algunos contextos, el razonamiento ético en el aula puede modificar el comportamiento.

https://prosyn.org/UAHahaO/es;
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