¿Una estupidez clasificatoria?

BLOOMINGTON – “Cite sus fuentes”. Esa amonestación resuena en los oídos de todo estudiante y todo doctor universitarios y chapuceros, pero, ¿hemos exagerado la insistencia en las citas?

Desde temprana edad se nos enseña a reconocer a aquellos cuyas ideas y penetración han modelado nuestro pensamiento. Durante nuestras carreras académicas, aprendemos a hacer una atribución correcta de la palabras, datos o imágenes existentes y que utilizamos y el de “atribuir el mérito a quien le corresponde” es el principio axial en torno al cual gira todo el sistema de publicaciones científicas y académicas.

En el mundo académico, citar las obras de otros no es una mera cortesía; es un requisito normativo. De hecho, resulta casi imposible imaginar la publicación de un artículo en una revista reputada sin una lista adjunta de referencias. El plagio es uno de los pocos actos que pueden acabar con una carrera académica brillante.

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